La muerte de Julio César quedó en el imaginario colectivo como el sublime ejemplo del trágico resultado de ignorar las advertencias. La memoria, que es débil con la poesía, prefiere recordar el hecho como lo escribió Sakespeare, inspirado por Suetonio.

El drama siempre triunfa sobre la austera realidad. Conviene repetirla para interpretarla en clave de actualidad criolla ahora que andan desatadas las pasiones y las ambiciones.

La noche del catorce de marzo la esposa de César, Calpurnia, tuvo malos presagios y rogó a su marido que no fuera, pero se dice que otro de los conspiradores logró convencerle de que fuera a la Cámara. En el trayecto hacia el Senado tuvo dos advertencias más.

La primera, de un adivino que le gritó: “¡Guárdate de los idus de marzo!”. La segunda, una lista del poeta Artemidoro con los nombres de los conspiradores que César, para su desgracia, no pudo leer.

El antiguo calendario romano denominaba idus a los dias quince de los meses de marzo, mayo, julio y octubre.  Así que nuestros comicios se celebrarán en los “idus de mayo”.

El ambiente político luce enrarecido por los repentinos afectos de adversarios históricos, la desafección de aliados incondicionales y la pasividad de aparentes compañeros.

El mal presagio se lee en los acontecimientos cotidianos. Aquí no se necesitan adivinos  para advertir sobre lo que puede resultar en mayo.

Estos cruces de conveniencia política, visibles y no visibles, son los modernos puñales que atentan contra la vida de nuestra democracia.

La traición comenzó hace mucho. Los dirigentes que cambiaron los principios por el comercio electoral; que sustituyeron la democracia del voto por la repetición designada; aquellos que cambiaron las reglas del juego; y los que se quedaron de brazos cruzados en su cobardía cómplice.

Todos son ese Marco Junio Bruto que da la puñalada trapera a su valedor. La historia nos enseña que le va mal al traidor y también al que estimula la traición. Los principios son los muros de la democracia; cuando se pierden, penetran todas las desgracias.

La disminuida institucionalidad no mezcla bien con los excesos que parecen inevitables.

Los que dicen querer la República deben aprovechar estos días de reflexión para recuperar el sentido del límite. No queremos una desgracia en nuestro idus de mayo.