El problema de la justicia es el problema de la sociedad dominicana. No nos engañemos, somos una sociedad de proceder retorcido. El juez que debe defender la ley, la vende.

El periodista o comunicador que debe informar la verdad, la manipula.

El político que debería velar por el bien público, lo convierte, en bien particular. Nada es lo que parece.

La confidencia de la jueza Awilda Reyes, ante directivos del movimiento cívico Participación Ciudadana, revela la doblez de todo el sistema de justicia.

El recibo que da constancia del intercambio monetario es la prueba material del perverso mecanismo de manipulación judicial que se derrama del vértice a la base.

Los elementos persuasivos son tan variados como variadas son las debilidades de los miembros de la judicatura. A los temerosos, se les asusta. A los ambiciosos, se les asciende. A los necesitados, se les compra.

No hay mandado sin mandatario ni mandatario sin mandante. En el caso de la jueza, mandado y mandatario son conocidos.

El desconocido es el mandante. La pregunta imprescindible: ¿Quién es el titiritero de la justicia? La respuesta quizá sea en plural y no en singular, porque de acuerdo a los intereses envueltos cambian los interesados.

Sabemos que esta justicia fue repartida mayoritariamente entre morados, blancos, rojos y un poco para actores privados o sociedad civil.

El proceso dejó claro que en la justicia manda la política. La politización excesiva es la que contamina todas las instituciones.

Prueba al canto, el caso del sindicato de transporte UNATRAFIN. Arsenio Quevedo, su presidente, es también un conocido dirigente del Partido de la Liberación Dominicana. La vinculación política le dio poder y acceso a recursos.

La nómina del sindicato, un inventario del envilecimiento de muchas de las actividades profesionales, le compró impunidad y medios de defensa públicos.

Los escándalos son clavos martillados en la conciencia pública. Se dice, con razón, que un clavo saca otro clavo.

Aquí los clavos del escándalo son sacados por otros. La sociedad no tiene tiempo ni de entender y mucho menos conseguir reparación. Creo que debemos hacer un pacto de que esta vez no será así.

La regeneración no puede esperar. La fórmula para emprenderla comienza el compromiso individual de recuperar la dignidad.