La democracia es un juguete en manos de los políticos. El uso frecuente y descuidado terminó por romperlo. El juguete democrático está hecho pedazos a la vista de todos, pero como niños irresponsables dicen que no está roto o, mucho peor, que no son responsables del daño.

Las respuestas agresivas desde el Senado a los pronunciamientos del presidente del CONEP, Rafael Blanco Canto, calificaron la afirmación sobre el colapso de nuestro sistema electoral como una exageración.

La verdad es que se queda corta. El sistema político también está roto. Una mirada objetiva hacia la realidad partidaria dominicana pone al descubierto la miríada de debilidades que definen un sistema político colapsado.

La incapacidad para unificar a través de mecanismos democráticos a los militantes del Partido Revolucionario Dominicano redujo a la que en el proceso electoral anterior fuera la primera fuerza política, a un ridículo papel de comparsa en estas elecciones. El cinco por ciento preserva el presupuesto, pero no necesariamente la representatividad.

El Partido Reformista Social Cristiano logró salvarse por los pelos de una insignificancia política que hace años toca a sus puertas. La división de los afectos electorales causó otra sangría de dirigentes tradicionales que prefirieron la dorada dependencia al faraón morado que el largo camino por el desierto de la oposición hasta la tierra prometida.

El Partido de la Liberación Dominicana tampoco salió indemne de este proceso. El fraccionamiento de su otrora monolítica estructura es visible. Las insaciables fuerzas del retorno y de la permanencia se pelean el hueso de la organización a dentelladas. La democracia interna perdida y el Comité Político disminuido en su credibilidad arbitral son elementos para una perfecta tormenta política.

El Partido Revolucionario Moderno, como una fuerza nueva, debe demostrar que consolidará la posición ganada de principal fuerza opositora a través de la negación de la malas prácticas políticas de sus pares.

La democracia no existe sin partidos. Los partidos son sus peores enemigos. La ciudadanía debe salvarlos. El colapso impone un reforma institucional profunda.