Las virtudes privadas son la antesala de las virtudes públicas. No hay país virtuoso sin ciudadanos virtuosos. Por eso nos parece muy atinada la propuesta de Monseñor Amancio Escapa de una reforma personal como solución a la gran cantidad de problemas sociales que nos aquejan.

La filosofía clásica razonó que toda acción humana tiende hacia un bien superior. Ese bien superior es la felicidad. La felicidad se alcanza a través de la práctica de las virtudes. Por definición se entiende como virtud a la disposición del espíritu para obrar el bien.  

La metáfora aristotélica de la vida humana vista como un arquero en tensión con la mirada fija en su blanco nos sirve para entender la relación entre virtud, bien y felicidad. Las virtudes son las responsables de imprimir la suficiente fuerza a la flecha del bien para alcanzar el objetivo superior de la felicidad. La metáfora vale tanto para la vida individual como para la colectiva.

La formación cristiana en el hogar o las instituciones académicas nos enseñaron la importancia de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Estas virtudes son como los cuatro puntos de orientación de la vida moral. Sobre estos cuatro pilares reposan una serie de virtudes particulares: austeridad, veracidad, lealtad, tolerancia, perseverancia, fraternidad, abnegación y patriotismo. Estas virtudes, que podemos llamar particulares, son las que debemos enseñar en el hogar y las escuelas para formar ciudadanos útiles a la democracia.

La reforma personal que nos propone Escapa requiere de todos un ejercicio de introspección para calibrar cómo andamos en el cumplimiento de estas virtudes. El resultado, estoy seguro, no resultará muy alentador.
Así como en la vida personal pasa en la vida pública. Las virtudes que no podemos encotrar en nuestros actos privados tampoco las podemos encontrar en la actuación pública.

Ahora que estamos en campaña se oferta para el futuro todo lo que nos falta en el presente. Pero, tanto los candidatos como los electores, ignoran que esas carencias políticas, sociales o económicas tienen su origen en la peor de las carencias: la ausencia de virtudes privadas. Emprendamos, sin dilación, esa reforma personal, que sin duda, será precursora de la reforma colectiva.