“Justo cuando pensamos que las cosas no pueden ser aún peores, la barra de la depravación se hunde todavía más bajo”. Estas son las palabras de Ban Ki-moon, el secretario general de Naciones Unidas, para describir lo que ocurre en  Siria.

Hay un adagio que reza que la noche es más oscura justo antes del amanecer. Con los conflictos, en especial con las guerras civiles que son los más sangrientos, los momentos de mayor peligro suelen ser las treguas destinadas a lograr la paz. Cada bando descarga entonces sus cartuchos para lograr ventajas militares de último minuto.

En Siria se concretó un cese de hostilidades, acordado por Estados Unidos y Rusia,  que cobró efecto el lunes. La propuesta tenía más enemigos que partidarios. Entre los propios promotores tenían reservas.
El Pentágono había expresado sus reparos al plan liderado por John Kerry, el secretario de Estado. Todo empezó mal. Un bombardeo aéreo estadounidense mató a 62 e hirió a más de una centena de soldados sirios, leales al presidente Bashar al Assad. Washington se excusó señalando que fue un error.

Entretanto, las fuerzas rebeldes y del gobierno se acusaban de no respetar el cese al fuego. Para peor, un convoy con ayuda de Naciones Unidas fue víctima de un ataque que mató a veinte personas y destruyó varios camiones. Estados Unidos acusa a Rusia por ejecutar el bombardeo. Moscú niega en forma vehemente su participación y entre sus argumentos destaca que no hay rastros de cráteres de bombas. Insinúa que el convoy pudo ser blanco de fuego de artillería.

A fin de cuentas no faltan los interesados en sabotear un acuerdo de paz. La niebla, como se alude a la incertidumbre en situaciones bélicas, es muy espesa. Algo que acrecienta la tradicional desconfianza entre Rusia y Estados Unidos.

Es un rompecabezas en el cual es difícil calzar las piezas. El gobierno sirio ha ganado terreno y cree que puede vencer a sus enemigos, que están divididos. Una facción rebelde quiere una transición política que acabe con el régimen de Assad. Pero la voz cantante, en el plano militar, la tienen los yihadistas, esto es, los extremistas islámicos que aspiran a convertir el país en una teocracia.

Estados Unidos está de acuerdo con Rusia en combatirlos. Pero Moscú duda de la seriedad de las intenciones de Washington, pues Arabia Saudita y algunos emiratos les brindan ayuda a grupos de trayectoria islamista.

Los kurdos sirios, a su vez, buscan crear un estado propio en las regiones en que son mayoría. Turquía, que tiene tropas dentro de Siria, los combate y brega por  impedir la desintegración del país.
Tras cinco años de lucha, Siria es un país desangrado y en ruinas. La mitad de sus 22 millones de habitantes ha sido desplazada. Según algunas estimaciones, las víctimas fatales alcanzarían las 400 mil personas. Unos cuatro millones han salido del país. Muchos están en Turquía, Líbano, Jordania e Irak. Más de un millón ha optado por alejarse de las llamas y están en Europa.

El conflicto continúa con la batalla por el control de Alepo. Allí se multiplicarán las luctuosas estadísticas de un pueblo sufriente.