En la guerra civil siria hay una certeza: ninguno de los bandos puede ganar por la fuerza de las armas. Tras casi cinco años de cruenta lucha, el país árabe acumula más de un cuarto de millón de muertos. Desde marzo de 2011 la mitad de los 22 millones de sirios ha sido desplazada de sus hogares. Es un desastre humanitario cuyo impacto se sentirá por generaciones.

El 1 de febrero comenzaron, una vez más, negociaciones auspiciadas por Naciones Unidas, en Ginebra, para encontrar una salida al conflicto.

Apenas abiertas, las tratativas fueron suspendidas hasta el 25 de febrero. Los opositores del presidente Bchar al Asad denunciaron una ofensiva militar oficialista. Ello es comprensible pues la primera meta, antes que hablar de los términos de una futura paz, es lograr un cese al fuego.

Esto, de entrada, permitiría aliviar a numerosas ciudades y aldeas sitiadas por las diversas facciones. En algunas como en Madaya se registraron decenas de muertes por inanición. Otra medida será continuar con la extracción de grupos minoritarios atrapados y amenazados de vida en territorios hostiles.

El mero hecho de haber asegurado el encuentro en Ginebra es un logro. Fueron necesarias fuertes presiones, especialmente sobre los rebeldes sunitas, para asegurar su presencia.

Con todo no son conversaciones directas, cara a cara, entre los protagonistas. Son lo que los diplomáticos llaman negociaciones de proximidad. Lo que significa que los representantes del gobierno sirio están en una sala y las facciones opositoras en otra. Entre ellas circulan diplomáticos que llevan y traen las ponencias de unos y otros. La oposición postula como requisito, para pasar a otros temas, el cese de los bombardeos aéreos.

El Estado Islámico (EI) está ausente de los incipientes contactos. Para marcar este hecho, el domingo 31 de enero el EI lanzó un ataque suicida contra una mezquita chiíta en Damasco que causó más de 70 muertes.

La política del EI, de inspiración sunita salafista, apunta a acentuar la animosidad entre chiíes y suníes. En realidad, el EI actuó como catalizador para las negociaciones.

Uno de los pocos puntos en común que tienen todos los actores sirios y las potencias regionales así como las extrarregionales, Rusia, Estados Unidos y Francia, es el antagonismo contra la organización yihadista a la que se le imputa haber ejecutado a unos cuatro mil sirios.

En la agenda de las conversaciones figura, si logran sortear numerosos obstáculos y establecer un cese al fuego nacional, un calendario para una transición política de 18 meses que permitirá la redacción de una nueva Constitución. Al cabo de este período serán convocadas elecciones.

Es una meta que hoy aparece difícil de alcanzar, pero es un primer paso esperanzador.