El sistema electoral quedó tan deteriorado que no ofrece garantía suficiente para el partido triunfador ni para los perdedores.

El ánimo público recibió los resultados como un trámite necesario para volver a los asuntos cotidianos. El escaso espíritu festivo, después de unos números que casi bordean la unanimidad, debe suscitar reflexiones.

El hombre común entiende con el instinto lo que el académico interpreta con la razón. La confianza en la institución responsable de arbitrar los comicios quedó disminuida.

El progreso constante que desde la década del noventa venía experimentado la institución electoral se detuvo bruscamente por la escasa capacidad organizativa y el poco espíritu concertador de la JCE.

Los reclamos, la mayoría justos, mantienen una crispación latente en más de una comunidad. Los ciudadanos han vuelto a experimentar el amargo sabor de que, por no contar bien, sus votos no cuenten.

Un silencio desdeñoso es la respuesta que el organismo electoral ha dado a las organizaciones que exigen reparación.

La cultura de dejarlo todo al tiempo resultará contraproducente en esta ocasión. El cansancio puede quizá terminar con las expresiones exteriores de inconformidad, pero el malestar interior seguirá si no se busca una solución restauradora.

La indiferencia mostrada al grupo de ciudadanos que decidieron arriesgar su integridad física sometiéndose a los rigores del hambre habla de una insensibilidad arrogante.

La gobernabilidad necesita de las minorías. Ninguna victoria está completa si no se integran a los derrotados. No debe olvidarse que las autoridades electas representan tanto las esperanzas de los triunfadores como las necesidades de los que no lo fueron.

La prioridad de todos es recuperar la base de la convivencia democrática: la capacidad de elegir y ser elegidos de forma confiable. La reponsabilidad principal de conseguirlo la tiene la autoridad electa.

El momento es el adecuado para propiciar conversaciones para pactar las reformas necesarias.