Somos modernos, así decimos. La afirmación es más producto de la costumbre que de la reflexión. Nadie ha explicado en qué y hasta dónde somos modernos. La modernidad es una categoría histórica ubicada en un tiempo específico de la andadura humana occidental. Es una hechura del renacimiento.

A partir del siglo XV el ser colectivo medieval descubrió al individuo y a la razón. La vida cambió la atención absoluta del transmundano más allá para mirar al más acá. Los hombres descubrieron la importancia de un destino personal y comenzaron a organizar la vida midiendo su valor presente.

La modernidad rechaza los valores impuestos por la autoridad para escoger aquellos que dictan la lógica y la razón. Las artes y las ciencias hicieron un progreso espectacular. La sociedad rural se transforma en la sociedad industrial. La creencia en el progreso continuo quedó instalada.

Esa perspectiva individual de la vida influye en el surgimiento de instituciones políticas. La democracia representativa con su división de poderes hace su aparición y comienza un proceso de expansión que todavía no se detiene. La modernidad, definida en tres palabras, sería la suma del individuo, la razón y la libertad.

No puede haber modernidad sin la primacía del individuo. No puede haber modernidad donde no impere la razón. No puede haber modernidad si las instituciones no garantizan la libertad.    

La modernidad, entre nosotros, se entiende más como el desarrollo material que como la evolución espiritual. La modernidad que hemos incorporado es la de la autopista, el gran puente o el rascacielos. La fachada material y los artilugios tecnológicos esconden el inmenso desfase con las ideas centrales de la modernidad verdadera.

Lo que tenemos es el decorado de la modernidad. Un cuerpo sin alma. Semejante a  los falsos pueblos del oeste que se levantan para un rodaje. La vida que llevamos es la de actores que pretenden ser reales.

Otro cambio de siglo nos llega muy rápido. Quince años hemos consumido de los cien del veintiuno y todavía tenemos pendiente la agenda de los dos siglos anteriores. Nuestra sociedad, los registros históricos lo atestiguan, suspendió las materias del siglo diecinueve y las del veinte.  ¿Somos modernos?