La voz que clama en el desierto de lo público repite, sin encontrar respuesta, “enderecen el camino”. La corrupción es el camino torcido que  pierde los pasos de la prosperidad.

Moscoso Puello escribió, en sus Cartas a Evelina, que éramos un pueblo que vivía en la ausencia de la sana moral. La frase atina en la enfermedad que nos aqueja. La historia nuestra es prolífica en malos ejemplos. Por eso, otro autor decepcionado, dijo que la corrupción era un mal de raíces hondas.

En cada espacio de actividad, grande o pequeño, asoma la sombra de la doblez. Lo sabemos, porque todos una que otra vez hemos lidiado con la impureza o, también, caído en ella.  El acto moral se aplaude por lo desusado.

En los últimos tiempos la constante acción depredadora   ha provocado una reacción de repudio. Lo profesionales de la clase media, principalmente, comenzaron a manifestar la necesidad de una profilaxis. No son muchos, lamentablemente. El tema no hace reaccionar, todavía, a las clases populares y tampoco mucho a las clases privilegiadas.

El problema es tan antiguo y tenaz que provoca la rendición apática de los inmunes o la complicidad de los contagiables. Así, entre la desidia y la cooperación, crece  el arbusto de la corrupción.

Las mediciones científicas que se realizan muestran la escasa preocupación por el tema. La corrupción nunca ha escalado a los primeros tres problemas de importancia para el electorado. La ética no convence ni vence en nuestra vida pública.

El mejor ejemplo lo tenemos en la campaña mundial organizada por Transparencia Internacional: Desenmascara al Corrupto busca aumentar la visibilidad sobre el flagelo y motivar la participación anónima de los ciudadanos. La página es una especie de tribunal tecnológico popular para sancionar moralmente lo que no se había podido condenar judicialmente.

Este diario se comprometió en la promoción de la campaña, porque entendemos la importancia de la lucha regeneradora. El resultado, medido por la participáción, no deja de ser un poco decepcionante. Los votos fueron unos pocos miles cuando debieron ser cientos de miles o millones. ¿Somos tan pocos?