El Código Penal fue aprobado por la Cámara de Diputados. En esta versión fue eliminado el controvertido artículo 110 que remitía a una ley posterior la regulación de algunas modalidades de aborto. La decisión, como era de esperarse, contenta a muchos y decepciona a unos pocos.

Los decepcionados argumentan que nuestro Código, sin la posibilidad de aborto, es una expresión de nuestro atraso político. El hecho de que el país forme parte de una corta lista –acompañando  a Malta, El Vaticano, Nicaragua y El Salvador– es prueba fehaciente de nuestro error.

La regla de la mayoría se quiere aplicar al tema de la vida y de la muerte. El problema es que no se dan cuenta de que la vida no es un tema opinable. La vida es un proceso natural que una vez desencadenado debe continuar su curso hasta el final.

La virtud, lo sabemos, nunca ha sido práctica de mayorías. A nadie se le ocurriría que la extensión de un mal es suficiente para convertirlo en algo bueno. La cultura de la muerte. La concepción de la vida como algo desechable, no cabe duda, se ha extendido por todo el globo. Pero, en mentes lúcidas, no pesa el argumento matemático. República Dominicana, junto a los otros cuatro honrosos miembros de la corta lista, tal vez esté dando un ejemplo de excepcionalidad moral al mundo.

Los legisladores, excluyendo el controvertido artículo, se mantuvieron en los límites que la Constitución impone. En nuestro país es voluntad general la inviolabilidad del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte. El debate estaba cerrado hace mucho tiempo. Era aprobar el Código o regresar al Tribunal Constitucional.

El mundo desarrollado no necesariamente es ejemplar en todas sus prácticas. La cultura de la muerte ha colocado a los envejecidos países europeos en la necesidad de convertirse en importadores netos de juventud. La falta de nacimientos, por el aborto y otras muchas razones, frena la natural renovación.

La entrada y salida de la vida escapa al control humano. La manipulación de esta variable nos convertiría en sucedáneos de Dios. El hombre, cuando juega a Dios, produce monstruos.