El documento de la Conferencia del Episcopado nos recuerda que el problema de la impunidad y de la corrupción no es de ahora.

Lo cierto es que la corrupción tiene carta de ciudadanía desde mucho antes de la fundación de la República.

Sin exagerar, puede afirmarse que llegó en las caravelas de Colón. Esa realidad nos permite entender que es un “mal de raices hondas”.

La Iglesia, sabia en su magisterio, nos coloca el tema desde la perspectiva del tiempo para limpiar el mensaje de todo matiz político.

Así todos nos sentimos aludidos y responsabilizados en la lucha para erradicar la corrupción. Lo sabemos, no es un asunto de uno u otro gobierno, porque está presente en lo privado también. La corrupción es un sistema.

La lucha nos convoca a todos. Nadie puede sentirse moralmente superior, La mancha del pecado está en mayor o menor grado en cada uno de los ciudadanos.

El documento nos invita a la reflexión y no al señalamiento. Digámoslo, este tema sigue siendo una preocupación de minorías.

La mayoría no entiende que la depredación de lo colectivo acaba con las posibilidades particulares. Hay que enseñarles.

Hoy como ayer los administradores de lo público siguen “sin servir administrando o sin administrar sirviendo”.

La administración pública es la piñata que se golpea cada cuatro años para bajarla y con poco esfuerzo atiborrarse de golosinas.

Los demás miran la fiesta de lejos; y lo peor, tienen la esperanza de participar. Por eso se puede decir que aquí tenemos corruptos y corruptos funcionales.

Los corruptos, a secas, la practican porque pueden. Los corruptos funcionales, en cambio, esperan una oportunidad.

El problema de la corrupción no es un problema de leyes, sino un problema de hombres. El material humano debe ser modelado a fuerza de principios y valores.

El país necesita una revolución moral antes que cualquier otra. El arma de esta revolución es el ejemplo.

En la vida pública tienen que empezar a actuar los hombres que valoren más el ser que el tener. Necesitamos desacernos de los glotones del dinero. Para eso debemos comenzar a premiar socialmente a los refinados del espíritu.

Nadie puede alegar ignorancia. No todo está perdido. Digamos con Francisco: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida!”.