La Iglesia, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos independientes han pedido una campaña proselitista positiva. La idea es evitar los destructivos ataques personales que estimulan el desborde de las pasiones con el saldo trágico de la violencia.

En el pasado encontramos incontables ejemplos del inútil ejercicio de afanarse más por desacreditar al contrario que acreditar al propio. Las elecciones, se ha dicho hasta la saciedad, son un torneo cívico en el que se compite con ideas. Las ideas bien pensadas y mejor expuestas, se supone, deberían ser las escogidas por los votantes. La sensación  que tenemos los ciudadanos, cuando observamos los intercambios de degradación mutua, es que debemos escoger entre dos males.

El fenómeno, y eso es lo preocupante, se da tanto dentro de los partidos como hacia lo externo. Las primarias o convenciones se desarrollan en un destructivo todos contra todos. El individualismo más egoísta hizo presa de la mentalidad de los actores políticos.

El deterioro de la democracia pequeña de los partidos, como resultado de la práctica dominante, causa la degradación de la democracia grande. Esa es la razón de que la política sea ahora un espacio dominado por aquellos que pueden imponer la fuerza del dinero. Esta es una sociedad clientelar a todos los niveles. La demanda política es la mano extendida, del pobre o del rico, y la oferta política es la dadiva condicionada al apoyo. En un sistema así las ideas no tienen valor de cambio.

 Los pasos dados en el sentido de incluir en la campaña temas que corresponden al espacio privado, familiar o de negocios de los candidatos no conducen a ningún buen destino. El principio goebbeliano de repetir una mentira para que acabe convertida en verdad no es aconsejable si se quiere triunfar sin destruir un espacio de entendimiento y confianza mutuas.

La sociedad tiene el deber de exigir moderación y los candidatos de moderarse para impedir el circulo vicioso de las bajas pasiones. El recurso de la mentira no construye ninguna realidad duradera. La ofensa dice más del que ofende que del ofendido. Estamos a tiempo para detener la nociva práctica del “vale todo”.

 Si no pueden darnos una campaña intelectualmente elevada, por lo menos que nos den una decente.