Lo que vivimos en el presente es resultado de decisiones pasadas. Así que el futuro depende de las decisiones que tomemos en el presente.

Las cosas andan mal en muchos sentidos. Todos coincidimos en que es necesario reparar la realidad, pero diferimos en la forma de hacerlo. Como los buenos médicos tenemos que diagnosticar el mal con certeza antes de proponer remedios.

El mundo contemporáneo carga un peso muerto del cual tendremos que deshacernos si queremos remontar el vuelo. Ese peso muerto lo constituyen los usos y costumbres que definen nuestra época: el economicismo, el particularismo, el hedonismo y el consumismo.

El economicismo es la primacía de la economía por encima del factor humano. La búsqueda constante del crecimiento económico ha creado en las cifras del PIB un verdadero fetiche.

Los políticos valoran la gestión económica aludiendo a su crecimiento; los empresarios toman sus decisiones teniéndolo como referencia; y los consumidores, gastamos o ahorramos según suba o baje.

Detrás de esta obsesión está la idea del homo economicus, la persona que toma todas sus decisiones basada en el cálculo del coste y el beneficio. Las emociones humanas, para el economicismo, no participan de las decisiones cotidianas.

El particularismo es la exageración de la postura individual. El individualismo se opone al colectivismo, pero no ignora la existencia de los demás. El particularismo, en cambio, existencia que excluye todo lo otro. Los particularismos son variopintos: los hay de clase, ideología, credos y nacionalidad.

Este modo de vida es un desintegrador de sociedades. El particularismo no sabe de pactos, sus guerras son de aniquilación. El juego que practica es de suma cero, el otro tiene que perderlo todo.

El hedonismo, la búsqueda exclusiva del placer, nos lleva al esfuerzo por evitar toda situación penosa. La idea es evitar todo lo difícil y optar por la vía del menor esfuerzo.

Toda recompensa debe ser inmediata. La idea del sacrificio actual para diferir un beneficio futuro, repugna. El mañana no existe.

Los triunfos deben ser instantáneos, sin juzgar moralmente los medios para lograrlo.

Si queremos corregir debemos entender que no todo es economía, el yo o el placer. Así podremos construir una mejor sociedad.