La sociedad dominicana sufre del síndrome de Peter Pan, porque se mantiene en el infantilismo institucional.  

La cultura del “dejemos eso así” no deja crecer el imprescindible sistema de consecuencias que disuade los excesos.

Ninguna sociedad avanza negándose a reconocer y a enfrentar sus debilidades. La constante busqueda de bajaderos, ese tratar siempre de arreglar la carga en el camino, nos congela en el enanismo político y social.

La historia nuestra es una especie de laberinto sin salida por el que se camina siempre de regreso al origen.

Después de múltiples fracasos electorales, que condujeron a un cuchimil medidas de mejoras, nos vemos sumidos en otra crisis provocada por nuestra incontrolable inclinación a ignorar las normas.

La discrecionalidad de la JCE sembró la semilla del comportamiento anómalo de una gran cantidad de servidores electorales. El mal ejemplo dado arriba fue seguido abajo.

El efecto dominó empezó con el comportamiento injusto de Roberto Rosario con los partidos opositores. La negativa a recibirlos fue una expresión demasiado clara de menosprecio. El mal ejemplo de esta importante ficha hizo caer todas las demás.

El descuido en todo el proceso fue patente. El tiempo perdido en la irracional discusión sobre lo que tan claramente disponía la normativa impidió que se atendieran oportunamente los desafíos tan complejos de la logística electoral.

Los días transcurridos muestran el alcance del desorden. El hecho de que la propia Junta Electoral del Distrito admitiera la recepción de poco más de seiscientos colegios electorales sin actas conduce a la duda razonable.

Los pedidos de aclaración que se hacen son justos y necesarios. Las pruebas publicadas demuestran que muchas de las quejas no son simples pataleos.

La prisa en barrer todo el polvo electoral debajo de la alfombra del olvido es una acción irresponsable que no fortalece a la JCE para futuros procesos.

La crisis existe. Lo serio es abordarla con soluciones constructivas. Así tendremos una paz responsable.