Italia celebró ayer funerales solemnes en Amatrice, el pueblo emblema de la devastación, que el terremoto de la semana pasada convirtió en un cúmulo de piedras y ruinas.

La conmovedora misa fue celebrada bajo una enorme tienda de campaña con un simple altar con un Cristo que colgaba detrás. Al fondo se entreveía el centro medieval derruido.

“No es el terremoto el que mata, sino las obras que construyen los hombres”, dijo el obispo de Rieti, Domenico Pompili, a los cientos de damnificados y familiares de las víctimas, mientras se abrazaban y lloraban en silencio.