“Mi padre, mi hermano, mis amigos, todos… Mi padre se llamaba Alfonso González Rengifo; mi hermano se llamaba Giovanny. Yo tenía 24 años y unos años antes me había marchado a Bogotá a estudiar, pero iba cada ocho, cada 15 días a Armero.

El volcán hace erupción cerca de las 9:00 de la noche y entre las 11:00 y las 11:30 de la noche, Armero ya había sido arrasada.

Al otro día, después de enterarme, me fui para allá y comenzó una búsqueda angustiosa, aterradora; un suceso que le enseña a uno que en la vida se pierde todo de un día para otro.

Con el paso de unas horas, esa búsqueda terrible se comienza a mezclar con los olores de los miles de cadáveres; con la desesperación que produce el ruido de los cuerpos de emergencia, de los helicópteros, de las otras personas que están buscando a sus familiares; con la amenaza latente de que de un momento a otro ocurra otra avalancha; con la imposibilidad de caminar entre ese lodo en el que se entierra uno hasta la cintura…

Pasan las horas y se convierten en días y tu padre no aparece y tu hermano no aparece y los días se convierten en semanas, y decides dejar de buscar y te dices ‘algún día aparecerán”.

Alfonso González Rengifo y su hijo Giovanny González nunca aparecieron. Ese día no llegó.

El papá y el hermano de Francisco González quedaron perdidos en el fango que arrasó con la vida de cerca de 25,000 armeritas el 13 de noviembre de 1985, luego de una erupción anunciada que dio paso a la tragedia natural más terrible de la que Colombia tenga memoria.

Francisco, hoy con 54 años, toma una pequeña pausa en su relato. Respira profundo y continúa.
“Comienza una nueva vida; una vida sin un territorio; con un duelo que uno no puede hacer nunca, que es imposible de hacer, porque el duelo de los familiares se hace, pero el del pueblo no; el pueblo que uno recorría cuando era niño, cuando era adolescente…

Es un dolor permanente, un dolor que se lleva toda la vida”.
 
Armando Armero

Armero es hoy un campo santo lleno de tumbas simbólicas con epitafios para muertos que no están ahí.
“Los armeritas hicimos el duelo con esas tumbas donde no hay muertos porque todos nuestros cadáveres quedaron enterrados en fosas comunes sin ningún tipo de identificación.

Dijeron: ‘Se están pudriendo los cadáveres, van a generar plagas, enterrémoslos, enterrémoslos’, y los armeritas tuvimos que hacer el duelo a través de epitafios, de frases para quienes habíamos perdido, de frases en tumbas que no eran tumbas”, explica Francisco al señalar que esos epitafios se convirtieron en el punto de partida del proyecto que desde hace años es tan parte de su vida como la memoria de aquel 13 de noviembre: Armando Armero.

Años después, en el marco de su tesis de maestría de la Universidad de Girona, en España, Francisco realizó un trabajo de campo en Armero que dio como resultado un libro sobre esos epitafios y en medio de su investigación se dio cuenta de la necesidad que tenían los familiares de las víctimas de hacer memoria.

“Aquí quedaba la plaza de mercado, allí el Teatro Bolívar, esta era la calle tal, allá quedaba esto, más allá quedaba lo otro”, decían los armeritas, según explica Francisco, quien, en aras de rescatar esos recuerdos de entre las ruinas, comenzó a edificar lo que luego llamó Centro de Interpretación de Memoria de la Tragedia de Armero, en el que, a través de fotografías e historias de los supervivientes, intentó reconstruir la memoria del pueblo arrasado.

Ese Centro de Memoria se convirtió en la primera fase de la Fundación Armando Armero, proyecto del que hacen parte dos fases más –la ruta de la memoria y el museo de las catástrofes naturales– y que tiene como objetivo que Colombia no olvide lo que sucedió esa noche de noviembre.

Que no vuelva a suceder una tragedia de semejantes magnitudes que se hubiera podido evitar. Bien dicen que quien no conoce su historia está condenado a repetirla.

Él no quiere que ese adagio se haga realidad.