A Santa Marta Mateo este domingo la despertaron los disparos que a partir de las 3:30 de la madrugada entraban y salían de una casa vecina. 

En Loma Mala, justo en el kilómetro cinco de la carretera Maimón-Piedra Blanca, en el sector “La Nueva Jerusalén”, donde la montaña y el cielo se encuentran, las familias cercanas recibieron el amanecer luego de ser testigos a puertas cerradas y oídos abiertos, durante tres horas y media, del enfrentamiento a tiros entre agentes de la Policía Nacional y unos supuestos sicarios, vinculados al narcotráfico.

A la señora Mateo, quien vive en el sector desde hace 15 días, “hubo que recogerla con cucharita” a causa de los nervios, según describe.  

Cincuenta agentes y más de mil disparos. El subcomandante del destacamento de Piedra Blanca, el teniente Amparo, dijo: “Nunca había vivido un enfrentamiento tan fuerte”.

La tarde de este domingo, Amparo entregó a los seis adolescentes -que en primera instancia fueron definidos por la Policía Nacional como “rehenes”- a su tía, Rosa Durán, hermana de la mamá de los menores de edad, a quienes los vecinos sólo veían diariamente ir a la escuela. Según fuentes familiares, ellos no estaban retenidos como “escudos humanos”, como había dicho la Policía, sino que, al momento de la balacera se encontraban con su madre y su padrastro, José Aurelio Ovalles, uno de los fallecidos.
 

Durán, quien afirma que la familia anteriormente vivía en Moca, provincia Espaillat, al ser cuestionada sobre por qué la familia se mudó a Piedra Blanca, responde: “No te sé decir nada; a mí me llamaron”, refiriéndose a la Policía.

“Hasta la fecha este sector era tranquilo. Los veía que son ricos, y como yo soy pobre me daba vergüenza entrar. Los veía con sus ajuares”, explica la señora Mateo, al tiempo que hace referencia a la poca interacción que tenía con los implicados en el caso.  

El aire que en Loma Mala se respira huele a miedo. Todos creen, pero nadie sabe lo que realmente pasó. Se observan dos policías que custodian la zona y un grupo de jóvenes que tampoco saben “nada” del incidente ocurrido en la única casa de concreto en el lugar, que hoy se encuentra habitada solo por dos patos, separada de otras tres casas de madera que componen el vecindario con un alambre de púa, y con cientos de perforaciones a causa de los disparos.

“Sabíamos que vivían personas ahí pero no sabíamos a qué se dedicaban”, expresa Julián Zorrilla; luego subraya: “no le sé decir de quién es esa casa, ellos la cogieron para ellos”.

“Vinieron, tocaron la puerta, creían que la casa estaba vacía. De allá para acá salieron unos cuántos disparos. Balearon a un policía. Los agentes tenían que responder”, resalta Zorrilla. Afirma que vive en la zona desde hace varios años, y destaca: “Ahí no había secuestro porque nadie pidió dinero; a ellos le dijeron ‘salgan, que nadie les va a poner la mano’, y como quiera, tiraron tiros”. 

En el destacamento, los adolescentes quedaron a la espera de una patrulla de la Policía para trasladarse a la casa a buscar sus pertenencias e irse con su tía, la señora Durán. 

Mientras esto ocurría, los vecinos permanecían y se mantienen en el mismo lugar y con la misma inquietud de conocer la versión que responda al hecho que antes de anoche interrumpió sus sueños.