El nuevo escenario, que hasta hace poco era incluso “inimaginable”, sumerge a Estados Unidos y sus aliados y a los adversarios en un período de profunda incertidumbre sobre las políticas y el impacto de su administración.

Se abre “una nueva era para los republicanos”. Ahora las políticas del partido serán las de Donald Trump, que no son el libre comercio, el recorte de gasto social y las posturas antirrusas.
Una transición que no será nada fácil y terminará el 20 de enero, con el traspaso de poderes.  

Cómo será la convivencia en el Congreso

Muchos republicanos  pensaban que Trump no ganaría, y por ende apostaron por una estrategia de distanciamiento, asumiendo que su discurso era demasiado polarizador y demasiado radical. Dado que perdieron esa apuesta,  es posible que los primeros seis meses sean de “luna de miel”, donde posiblemente habrá señales de subordinación por parte de las voces republicanas discordantes.

Después de eso,  la relación con el Congreso dependerá de cómo vaya evaluándose la aprobación de Trump y el impacto de sus políticas, diagnostica Guido Larson, analista político de la UDD.

Para el politólogo Roger Senserrich es una incógnita,  pues sostiene que Trump, ideológicamente, es bastante distinto al resto del Partido Republicano en muchos temas: es mucho menos conservador en materia fiscal, mucho más agresivo en temas de inmigración y mucho más proteccionista que sus compañeros de partido. Mucho dependerá sobre qué temas de su agenda reciban más prioridad. Si Trump es cauto, puede dejar alguno de sus temas estrella de lado y empezar intentando legislar sobre cosas en que hay puntos en común e ir desarrollando su programa.

“Mi intuición,  sin embargo”, prosigue Senserrich, “es que la cautela no es una de las grandes virtudes del nuevo presidente, así que seguramente intentará afirmar su primacía con algún tema popular pero que enfada a sectores de su partido. Sería una repetición de lo que vimos con Bush el 2004, tras una victoria electoral mayor. Su primera medida legislativa fue una privatización de la seguridad social que asustó a la rama moderada de su partido, y acabó por bloquear gran parte del resto de su agenda cuando ésta fracasó”.

El gobierno de Trump

Para Jeanne Simon, profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Concepción, el gobierno de Trump será menos diplomático, pero parecido al de varios presidentes republicanos, como por ejemplo el de George W. Bush. Senserrich cree que el equipo de transición presagia un gobierno bastante tradicional lleno de lobistas, con la diferencia de que Trump tiene muchos más amigos cercanos y familiares en algo que puede ser una fuente de conflictos de interés. A su vez, Larson sostiene que dada la imprevisibilidad de Trump,  hay dudas razonables para pensar que su gobierno sea uno de compromiso, consenso, negociación genuina y acercamiento.

Larson añade que será un gobierno polarizado en dos vertientes. De un lado porque dependiendo de lo  extremo de sus políticas uno podría ver un distanciamiento progresivo de algunas figuras republicanas. Por otro lado destaca la polarización social. Dado que  la campaña ha demostrado que la fractura se encuentra en el centro mismo de la sociedad estadounidense, y viendo que el discurso abiertamente racista, xenófobo y misógino tuvo efectos electorales positivos, múltiples miembros del Partido Republicano pueden ver aquí una oportunidad que posiblemente aliene, no sólo al sector demócrata, sino a miembros más centristas del propio partido.

Elizabeth Sherman, profesora de Políticas Públicas de la American University de Washington D.C, sostiene que Trump va a encontrar el trabajo muy difícil: “Podría encontrar esto muy frustrante porque el Presidente no está a cargo, y es en el Congreso donde hacen las leyes. Otras personas tendrán que ayudarlo, y a él no le gusta seguir órdenes”, apunta.