¿Cómo fue su experiencia interactuando con miembros de la Mara Salvatrucha?

Estuve en la cárcel de tres a cuatro horas. Fotografié a estos hombres donde los encontré, en la panadería, en los pasillos o haciendo osos de peluche. Todos estaban muy abiertos y relajados; supongo que rompí la monotonía del día. Me sentí muy cómodo allí, fui tratado como cualquier otra persona allí, no me sentía para nada vulnerable, ya que los presos sabían que yo no estaría allí sin el permiso ¡del líder de la banda!

Primero que todo, ¿cómo logró entrar a la prisión?

Mi intermediario, Álex, me advirtió antes del viaje que el acceso a la prisión no estaba garantizado.

Tendríamos que esperar hasta el día anterior para obtener la confirmación. Yo quería reunirme con el líder de la banda para saber su visión sobre la tregua (que existía entre las dos pandillas principales del país, MS-13 y Barrio 18).

El penal de Ciudad Barrios está hacinado, pero me fue concedido el libre acceso para recorrerlo y hablar con cualquiera de los prisioneros. Cuando vi a algunos interesantes les pregunté si podía tomar sus retratos. Nadie se negó.

¿Cuál es el mensaje detrás de esta serie?

Quiero que estas imágenes muestren que, detrás de los tatuajes y el estereotipo de los medios, hay seres humanos. Estos hombres no se ven amenazantes para mí, lo que encuentro interesante. Se ven resignados a su futuro allí.

Lo más fácil es decir que todos son asesinos desalmados que deben estar encerrados para siempre o colgados. Esa es una forma de evitar el problema real, que es lo que impulsa a muchos de los jóvenes pobres a entrar a las pandillas.