Hace ochenta años, tener un abrigo de piel natural significaba el clímax de la riqueza: la mujer que lo tenía mostraba éxito social inigualable. Y mientras más animales muertos se pusiera en el cuello y la cabeza, más glamurosa y elegante era. Por supuesto, como la práctica se inició desde épocas antiguas hasta llegar a la era de la producción cuasi masiva apenas se inició la industria de la moda (siglo XIX), algunos animales se extinguieron.

Desde los años 60 esta práctica es una aberración. Y desde entonces, activistas y organizaciones por los derechos de los animales han hecho que firmas y diseñadores usen pieles sintéticas, pero su lucha está muy lejos de terminar: las campañas siguen siendo tan chocantes e impactantes como hace años, siendo la de PETA, con bolsos de piel animal que contienen órganos vivos, la última que se hizo viral. Y todo porque fabricar pieles naturales es un proceso que está lejos de acabarse, tanto en las industrias y gremios de varios países, como en el sector del lujo y la Alta Costura. Chanel y otras casas lo hacen, por ejemplo, con sus granjas pertenecientes a la Maison Lemarié, dedicada desde 1880 a criar animales exóticos y legalmente pueden hacer con ellos lo que quieran.

Pero esta rama de la casa es solo una parte de un negocio que se ha disfrazado como “humano” y “sustentable” que contraataca la producción de piel sintética y que sigue con alta presencia en Semanas de la Moda y artículos de firmas de lujo como Hermés, que protagonizó un gran escándalo el año pasado cuando PETA descubrió lo que le hacían a los caimanes cuya piel se usaba para sus accesorios: desollarlos vivos. Pero la indignación que se generó en esos días no encubre las espantosas cifras que lo precedieron.

Para 2011, la venta de pieles llegaba a 13 millones de dólares y para 2014, 500 diseñadores la tenían dentro de sus colecciones, según un reportaje especial de la revista Vice. Estas se vieron tanto en Londres como Nueva York. Desde 2013, en las pasarelas de otoño, se vio un retorno hacia las prendas que tenían pieles naturales, pero que trataban de dar una imagen de producción más “humana”. En ese año, Altuzarra, Marc Jacobs y Louis Vuitton usaron más de 20 looks con piel natural. Y Karl Lagerfeld siguió defendiendo el uso de pieles animales. De hecho, el año pasado sacó una colección de peletería para Fendi y fue tajante contra el argumento de la crueldad animal: “Mientras la gente siga comiendo carne y vistiendo cuero, no entiendo el mensaje. Es muy fácil decir ‘no a las pieles’, pero es una industria. ¿Quién va a pagar por todo el desempleo de esa gente si se suprime la industria peletera?”.

Y en realidad, desde los años 80 el negocio iba en picada. Tanto que la industria, por lo menos en Canadá y Estados Unidos tiene fuertes concilios organizados, que con su lema “la piel es verde”, han querido venderla como una actividad amigable con el medio ambiente, ya que el material con el que se hace prenda en cuestión es renovable. De hecho, todos los argumentos se encuentran en FurIsGreen.com, impulsada por el Consejo de Pieles de Canadá.

Entre otras cosas, sostienen que las pieles que usan son de animales que no están en peligro de extinción, que son usados en establecimientos de caza controlada y que esto se hace para que cuando las especies tengan sobrepoblación, no mueran de enfermedades o asesinados por otros animales. Además de que ayudan a equilibrar el ecosistema y previenen la propagación de enfermedades.

También usan todas las partes del cuerpo del animal. A esto le llaman “uso sostenible”. Se basan en que los 70 mil canadienses que viven de eso no son ricos y son cazadores que viven en zonas remotas del país y que han usado las partes de estos animales por años. Como dicen ellos mismos al comienzo: “Muchos de nosotros crecimos con grandes historias de Mamá y Bebé Oso y amamos a Bambi, pero la naturaleza no es Disneylandia”. Además, critican la fibra acrílica por estar hecha de petróleo.

PETA sostiene todo lo contrario: se emplean 15 veces más recursos en hacer una prenda de piel natural que una sintética. Eso, aunque el estudio sea de 1979 y no exista otro que mida y compare impactos ambientales en cuanto a la industria por una autoridad gubernamental o internacional.

Pero de todos modos, el uso del acrílico es solo el 10 % de la producción total de ropa, según el último informe de la Comisión Europea Ambiental. Y la piel sintética tiene un porcentaje menor, pero de todos modos las naturales siguen siendo vendidas bajo el empaque de lo exótico.

La lucha sigue tan radicalizada como en los años 70, incluso en la era donde se denuncian todos los abusos hacia los animales más que nunca. A pesar de victorias sustanciales, como la adhesión de Armani o Stella McCartney para no usar pieles.

Pero las campañas de las organizaciones contra la crueldad animal seguirán mientras no se regule totalmente una industria que sigue siendo como desde sus inicios, y de la que se denuncian más horrores cada día.