La multitud se detiene a verlo correr. Él, ajeno a las miradas del público, prepara sus sentidos para comerse la pista con las piernas. La adrenalina fluye, los testigos evitan respirar para que no se escuche otra cosa que no sea la campana… y suena. Son 100 metros planos y en menos de 12 segundos Joselito consigue llegar a la meta, aunque no ha visto nada porque lleva once años ciego.

Los Juegos Paralímpicos que arrancan en septiembre próximo recibirán a un joven dominicano de 22 años que perdió la vista a los 11, pero ha desarrollado una habilidad extraordinaria para el atletismo. En las tres competencias internacionales en las que ha participado ha ganado dos medallas de oro y otra de bronce. Solo tiene tres años como atleta y ya está entre los mejores 10 del mundo.

En 2005, Joselito Hernández fue portada nacional cuando una bala perdida le apagó las pupilas mientras dormía. El entonces presidente Leonel Fernández costeó estudios especiales en Miami para su recuperación pero los esfuerzos no alcanzaron el milagro. Los primeros años fueron muy duros para el joven de Gualey; el plomo le cegaba la vista y la depresión la voluntad de vivir.

“Lo más difícil fue aceptar mi condición. Tuve mucha depresión y casi no salía de mi casa. Con el tiempo y la ayuda del Patronato Nacional de Ciegos empecé a sentirme como una persona normal y fui aprendiendo a valerme por mí mismo, al punto de hacer todo dentro de una casa, dar masajes profesionales, usar la computadora y celulares, cantar, y ahora, atleta”, contó.

Ya sabiendo valerse por sí solo y trabajando en un centro de masajes privado, Joselito visitó un amigo que practica atletismo en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte y de inmediato la curiosidad –que le sobra- hizo de las suyas: ¿Puede correr un ciego? Soltó el bastón blanco, buscó ayuda, y cuando los entrenadores lo vieron correr lo reclutaron. Después de eso, ha corrido bastante.

“Al principio estaba inseguro, pero poco a poco me fui enamorando de la pista y hoy mira el resultado: soy el único ciego dominicano que va para unos paralímpicos en atletismo. Cuando estoy corriendo siento el viento en todo el cuerpo, pero la verdadera emoción viene cuando estamos en el bloque: esos segundos antes de arrancar son muy emocionantes”, confesó.

De acuerdo con su entrenador Fredy Montero, el grado de dificultad que tiene un no vidente al correr es casi el doble de lo que puede presentar un atleta con visión porque la vista es, precisamente, el equilibrio y guía de quien va por la pista. Para poder correr. los ciegos se auxilian de otro atleta unido por una cuerda entre sus manos.

En este caso el otro atleta se llama Bismark Hernández y llegó a la vida de Joselito en el momento preciso, puesto que el otro compañero era más alto que él y en las brazadas perdían la sincronía. Esta nueva dupla es casi perfecta: el ciego es surdo mientras el otro es derecho, son del mismo tamaño y la velocidad es muy similar. Tienen el mismo tiempo en la pista y casi la misma edad.

“Me invitaron a formar parte de la familia paralímpica porque nunca había estado en esto, pero le tomé mucho aprecio a Joselito por su empeño y entusiasmo. Soy atleta desde hace tres años, he ganado varias medallas de oro al nivel nacional y nunca me había sentido tan bien corriendo como ahora que lo hago de la mano de este muchacho, porque es un ejemplo para todos”, dice Bismark.

Para alcanzar un nivel de calidad olímpica, esta dupla se reúne dentro y fuera del Olímpico y comparten mucho por las redes sociales. Joselito es muy eficiente en el uso de la tecnología y escribe sin dificultad desde su celular con una aplicación que convierte en sonido cualquier acción que el usuario realice y así el ciego logra escribir tan rápido como un vidente.

La educación que recibió el joven deportista le permitió culminar con éxito el bachillerato, a diferencia del 54.1 % de las personas con discapacidad que no supera la educación primaria; otro 23.6 % se queda en secundaria y solo un 15.4 % alcanza la educación superior. La población de 5-17 años con algún tipo de discapacidad casi triplica la no asistencia escolar en comparación con el resto, 21.2 %,  frente a un 8.7 %, respectivamente. Hay un 6.6 % con niveles de preprimaria.

Todo pasa por algo
Hoy el muchachito ciego de Gualey es toda una realidad del atletismo, pero no siempre fue así. Antes de perder la vista Joselito mostraba mala conducta en la escuela, lo suspendían frecuentemente y los problemas eran su deporte. Reconoce que de no haber perdido la vista quizá  hoy estuviera muerto porque sus compañeros de hace 10 años están presos o son historia.

El entrenador Montero reconoce que su atleta de mayor rendimiento tiene un carácter fuerte, pero manejable. “Cuando quedó ciego desarrolló algunos complejos que no se rompen de la noche a la mañana, pero siendo justos, debo decir que tiene muchas condiciones y mantiene la humildad para recibir un consejo”.

La presidenta del Patronato es Alexandra Ventura y secunda la disciplina del atleta al reconocer que es un buen masajista, pese a su corta edad. “Trabajamos justamente en ayudar mentalmente a las personas y por eso Joselito logró insertarse tan pronto. A los ciegos que entran aquí les enseñamos a manejar el bastón, realizar las actividades de la vida diaria y luego aprenden aptitudes especiales, como masajes, manualidades, usar la computadora y mucho más”.

Llena de entusiasmo confiesa: “Para nosotros es un orgullo lo que este joven está haciendo; nos llena de satisfacción y vemos como un logro que una persona con dificultades visuales vaya con las calificaciones que tiene: es el mejor en su renglón. A Joselito nada lo detiene; cuando se pone una meta la cumple y eso nos llena de alegría”.

Ese mismo orgullo es compartido por la familia del deportista, aunque al principio sus pariente dudaron de su voluntad por la depresión que se presentó. Lo que marcó la diferencia fue rebasar el problema y demostrar que sí se podía, como lo ha hecho Michael Martínez, de 32 años, quien a los 23 perdió su pierna izquierda y eso no ha sido óbice para ser parte de la selección en baloncesto y softball.

Sí se puede
Oriundo de San Francisco de Macorís, el joven Michael cuenta que perdió su pierna por un disparo que le hizo un agente de la Policía en medio de una huelga en 1997. Antes del incidente practicaba baloncesto y softball, pero todos sus amigos pensaron que sin una pierna su destino era ver los juegos desde la banca. Afortunadamente, ese nunca fue ni ha sido o será el pensamiento de “el cojo”.

“Poco a poco me di cuenta que podía seguir jugando y con paciencia me fui entrando otra vez en la cancha y el estadio, quizás no tan rápido, pero iba jugando. Ahora ya me llaman para participar en torneos porque siempre he tratado de ser el mejor en lo que hago. Puedo jugar pelota sin problemas, bateo y paro pelotas como cualquier otro; si no lo crees, ve a San Francisco para que veas”, apuntó.

Al igual que Joselito, Michael reconoce que de no haber adquirido una discapacidad, quizás no estaría vivo, porque en su pueblo natal era de los patrocinadores de protestas y enfrentamientos con la Policía. Vivió situaciones difíciles, pero nunca pensó que perder la pierna le haría ganar más vida, porque ahora, dice, “veo el mundo diferente y sí vale la pena hacerlo bien, claro que sí”.

Ambos atletas coinciden en que el respaldo económico tal vez no es el ideal, porque, en el caso de Michael, solo le cubren el pasaje y el almuerzo cuando debe desplazarse a la capital. Joselito recibe ayuda de un padrino que le manda 100 o 200 dólares cuando puede. Ambos pertenecen al 54.3 % de esos cuyos hogares perciben bajos ingresos aunque el 50 % es cabeza de familia.

El ciego veloz planea ingresar  en la universidad en enero próximo para estudiar música, uno de sus sueños más anhelados. Confiesa que no cuenta con el respaldo económico del Ministerio de Deportes, lo mismo que reitera el ganador de la plata olímpica Luguelín Santos. El Ministerio de Turismo contrató a Joselito y hay promesas de que comience sus labores cuando regrese de Brasil.

Y mientras arrancan los Juegos Paralímpicos de septiembre, Joselito deja sangre, sudor y lágrimas en la pista tratando de ser más rápido. Su carrera está programada para el día 8 en horas de la tarde. Espera el respaldo de sus compatriotas porque esta vez no corre por él ni por la discapacidad: corre para vestir de oro la tricolor que no ve, pero orgullosamente lleva por fuera… y por dentro.