En países como República Dominicana es común oír a la madre de un niño decir: “Amarren sus gallinas que mi pollo está suelto”, haciendo referencia a la masculinidad de su hijo, frente a la vulnerable situación de las niñas.

Esa expresión recitada por décadas es solo un aspecto de la realidad que viven las futuras mujeres del país, quienes además de estar relegadas al hogar, deben realizar un doble esfuerzo para poder igualar en beneficios a los varones cuando se refiere al trato social y económico que deben recibir.

“Sali” está en tercero de primaria, tiene ocho año y decenas de sueños que cumplir. Es una de las miles de niñas dominicanas que esperan ser adultas y desarrollarse a plenitud, libres de prejuicios y estereotipos sociales.

Pero, algunas concepciones que tiene de la vida la detienen. Aunque está convencida de que los niños y las niñas son iguales, no entiende por qué ambos tienen roles sociales distintos.

Expresa que los niños y las niñas deberían realizar las mismas labores domésticas y tener el mismo espacio para jugar. Sin embargo, al ser cuestionada sobre si quisiera que esa realidad cambie, dice que no.

No desea que haya la tan anhelada igualdad de roles que reclaman los nuevos tiempos y que permitiría a las niñas más oportunidades, dejando a la vez de ser víctimas de la violencia que a veces se instala de manera sutil en sus vidas, y pasa de ser doméstica a social.

“La contradicción de los niños y niñas, con respecto a los roles sociales y su aceptación, son generados por el proceso de socialización que se hacen de estos”, afirma Sergia Galván, activista por los derechos de las mujeres.

Para Galván, la contradicción en las declaraciones de Sali es común en niños y niñas, conformando varones agresores y mujeres víctimas. Afirma que ambos están expuestos a mucha controversia y confusión, con respecto a la construcción de la feminidad y la masculinidad que debe regir sus acciones como adultos.

“Hay mucha confusión y contradicción, no solo en los niños y niñas, sino también en los adultos”, precisa Galván, activista feminista, quien también asegura que esta situación tiene que ver con el impacto de la cultura en la gente, la cual permite interiorizar esos papeles.

“Esa es una situación compleja para los niños y niñas, quienes en muchos casos se ven forzados a desaprender ese patrón”, indica Galván tras precisar que lo mismo ocurre con las mujeres que en algún momento han visto a sus esposos realizar labores domésticas.

Dice que cuando la mujer ve a su marido fregar la loza sucia se siente culpable, porque comienza a analizar acerca de los roles que la sociedad le ha impuesto, los cuales las hacen vulnerables a ser objeto de violencia, entre otras cosas, por estar educadas para ser sumisas y obedientes, con poco grado de independencia.

Por su lado está “Ricardo”, quien con solo cinco años ya cree que puede establecer la diferencia entre una niña y un niño, limitando su  descripción a la superioridad económica del varón, solo por ser hombre.

De no corregirse a tiempo, será uno más de los hombres que todavía no han entendido que la igualdad entre los seres humanos va más allá del sexo biológico que la naturaleza les asignó. Y es esa una de las razones de que cada año decenas de mujeres mueran a manos o de sus parejas y miles sean víctimas de violencia física, psicológica y económica, los tres tipos claramente contenidos en las consideraciones de estos dos niños, futuros adultos.

También hay que hablar de los varones.

En cuanto a Ricardo, en múltiples ocasiones ha manifestado a sus padres que deben darle dinero para ir al colegio porque los varones deben comprar merienda  para brindarles a las niñas.

El infante está en un centro educativo donde todavía los niños y las niñas se quedan en la cocina cuando los adultos hablan, acción que podría revelar las razones de que un niño tan pequeño tenga esa concepción de la realidad, pero sobre todo de la desigualdad, la cual se hace más latente cuando se asignan roles sociales a las niñas, que más que estereotipos generan violencia.

“En términos generales, las niñas sufren mucha violencia en el país”, insiste Galván, quien no deja de mencionar que los niños también son violentados, ya que no se puede hablar de violencia selectiva, sino que abarca a todos, debido a que para que exista un agresor debe existir una víctima.

Galván cita los resultados de la Encuesta ENHOGAR 2014 que establece que el  62.9% de niños y niñas, entre uno y 14 años, ha experimentado violencia física, psicológica o castigo físico.

Esta realidad provoca inferir que cuando hay una niña violentada, posiblemente también hay un niño que está siendo violentado, incluso cuando su desempeño esté más ligado al papel de agresor que al de víctima.

La activista también critica que las niñas sean violentadas, al ser expuestas a situaciones de violencia. Puntualiza que esa exposición puede provocar que en su vida adulta percibirán la violencia como algo natural que forma parte de la vida o que merecen.

No obstante, esa no es la única modalidad de violencia hacia las niñas que cita Galván. La directora de Colectiva Mujer y Salud también se refiere a los matrimonios infantiles, los cuales considera preocupantes.

“El 12% de nuestras niñas son víctimas de matrimonios infantiles”, asegura.

Manifiesta que muchas veces se piensa que el matrimonio infantil ocurre solo en países árabes. Afirma que en República Dominicana también ocurren, aunque con un poco más de tolerancia social.

“Vemos cómo llegan niñas de 12 años a las salas de urgencia de los hospitales y la gente lo asume como normal, cuando no lo es. No piensan que se trata una niña violada”, enfatiza.

Critica que las autoridades no tomen medidas y que se tenga tan alta tolerancia social para estos casos, resultados de la violencia más hiriente para una mujer: la violencia sexual.

“Hay mucha tolerancia social para la violencia contra las niñas”, dice.

Sergia pone otro ejemplo de violencia. Lamenta que en el país el incesto sea una forma de violencia contra las niñas tan mal tratada.

Sostiene que el incesto encuentra un bajo nivel de denuncia, porque ese tipo de hecho se queda en el ámbito de la familia, cuando debiera ser parte de la acción pública.

“Muchas veces, cuando una niña es víctima de incesto la familia llega a un arreglo sin mirar las consecuencias para el desarrollo de la niña.”, declara.

Explica que una niña que fue violentada bajo la modalidad del incesto verá afectada su salud física y emocional, además de que tendrá un bajo nivel de aprendizaje y algunos desajustes sociales.

Más violencia.

Galván también habla del acoso al que son sometidas las niñas, sobre todo las adolescentes, que “no pueden caminar por las calles donde hay hombres reunidos porque son acosadas con insinuaciones y proposiciones sexuales, sin que la sociedad tome medidas”.

Además, dice que en una sociedad como esta las niñas son educadas para ser sumisas, y si responden a la violencia de manera activa se les acusa de ser “marimacho”. Aunque no pasa así con los varones, a quienes se les educa para ejercer control.

Al respecto, Galván afirma que en la sociedad dominicana los varones tienen permiso para violentar, mientras que a las niñas se les enseña a que su único permiso es ser dependiente.

Lucha para que mejore.

“Una parte de la solución a la violencia que se genera sobre las niñas requiere una transformación cultural importante en el país”, manifiesta Galván.

Dice que esa transformación debe empezar por transformar el currículo escolar, además de precisar que se necesita educar en derechos a las niñas, y también a los niños.

“Necesitamos que realmente se aborde el tema del derecho desde el primer nivel de educación, que se eduque en nuevos roles de género y en la construcción de una nueva masculinidad”, agrega Sergia tras manifestar que este abordaje implica instruir acerca de la igualdad entre niños y niñas.

Precisa también que hace falta educar a los hombres en una nueva masculinidad y romper esquemas de dominio y represión contra las mujeres y las niñas.

No obstante,  y pese a la lucha que durante años han librado decenas de organizaciones de la sociedad civil, lograr ese cambio es un proceso largo, pero que requiere una respuesta urgente por parte del Estado y la sociedad dominicana, para evitar que miles de niñas se formen como las mujeres víctimas de violencia del futuro.

Para Sergia, hacen falta instituciones que trabajen el tema de niñez, enfocadas en mejorar las políticas públicas, las cuales siguen siendo precarias en el país, mientras las niñas de República Dominicana esperan que se pueda evitar convertirse en las próximas mujeres víctimas de violencia, si es que ya no lo son.