Hace un año, Alexis Tsipras llevó a su partido Syriza (de izquierda) al poder en Grecia. Su discurso, de total rechazo a los recortes impuestos por la UE, fue bien acogido por los griegos cansados del bipartidismo que formaban Nueva Democracia (conservador) y el Pasok (socialdemócrata), quienes gobernaron durante 20 años y que llevaron a que Grecia perdiera el 25% de su PIB. Pero finalmente, el discurso quedó en eso: en junio se vio obligado a aceptar un nuevo rescate, según él, con condiciones mucho menos duras que las que hubiera firmado con un gobierno conservador.

Ayer, durante el discurso de aniversario en un estadio de Atenas, defendió sus decisiones, las que llevaron a mitad de año al a la más radical de Syriza a separarse. Esto le permitió maniobrar con más tranquilidad; los que se fueron estaban de acuerdo con la salida de Grecia de la Eurozona. A pesar de esto, en agosto renunció reconociendo su fracaso, y convocó a elecciones. El 20 de septiembre volvió a ser elegido, hecho que marcó un punto de inflexión en su mandato.

“Hay que diferenciar entre el primer período del gobierno de Tsipras, definido por una pésima estrategia negociadora con los socios, y el segundo, marcado sobre todo por la asunción del tercer rescate”, dice María Antonia Sánchez-Vallejo, corresponsal del diario El País de España en Atenas.

“La frase ‘Syriza ha conseguido un trato menos perjudicial de los acreedores que la oposición’ es muy relativa: las condiciones del nuevo rescate son durísimas. Por ejemplo, la creación de un fondo de privatizaciones por valor de €50,000 millones (US$ 53,762 millones), o la supervisión con carácter retroactivo por parte de los acreedores de todas las leyes aprobadas antes del acuerdo, con la cuota de ‘humillación’ que eso implica para un pueblo tan orgulloso nacionalmente hablando”, agrega.

Esto ha provocado que la crisis social interna se haya agravado en las últimas semanas, en las que se han intensificado las manifestaciones. “Al no cumplir con estas promesas por haber estado obligado a aceptar las medidas impuestas por la antiguamente llamada ‘troika’ y continuar sometiendo a los griegos a severos ajustes, el gobierno de Tsipras hoy se encuentra en una posición muy delicada”, dice Paulina Astroza, analista internacional especializada en la Unión Europea. “Acabado el período de ‘luna de miel’, hoy salen nuevamente a las calles a protestar los distintos sectores de la sociedad, desde pescadores a agricultores pasando por pensionistas y del sector público, ante el incumplimiento de las promesas de Syriza”, añade Astroza.

A todo esto, se le agrega la presión que implica la entrada de inmigrantes desde el norte de África; en 2015, miles de personas llegaron a Grecia para entrar en la Unión Europea. La presión de Alemania y de Austria para cerrar fronteras con los helenos hace reaparecer la posibilidad de una salida del país tanto del espacio Schengen como de la Eurozona monetaria, cosa de Tsipras quiere evitar. “Esto la asfixiaría en el corto plazo: significaría dos, tres o cuatro años de devaluación flagrante de la moneda, lo que se traduciría en dificultades mayúsculas a la hora de exportar e importar, ya que Grecia trae de afuera casi todo lo que consume, como gas y petróleo”, dice María Antonia Sánchez-Vallejo. “Además, perdería competitividad en las exportaciones en el mercado del euro, lo que implica inflación”.

Con toda la presión encima, el porvenir de Alexis Tsipras en el gobierno se ve complejo. La aparición de Kyriakos Mitsotakis, nuevo líder del opositor Nueva Democracia, le da un nuevo aire al partido, cosa compleja para el primer ministro. “La tensión aumentará en la medida que el gobierno de Tsipras deba hacer frente a ambas presiones contrapuestas –de la ciudadanía y de los acreedores“, dice Paulina Astroza. Para Sánchez-Vallejo, “estas próximas semanas van a ser cruciales. Grecia debe aprobar un recorte en un año del 1% de su PIB en el sistema de seguridad social, y eso ha puesto al país en pie de guerra. Habrá que ver cómo gestiona el gobierno de Tsipras esta crisis”.