A los 18 años Yasik Smirnoff se planteó una meta ambiciosa y poco común. Viajar por al menos 100 países antes de cumplir los 21 años. Pero había una condición. No invertiría dinero en ello. Ahora con 22 años, el “ruso loco”, como se autodenomina el joven nacido en Siberia, ha visitado 109 países, uno de ellos es Nicaragua.

Smirnoff cuenta que cuando se decidió a iniciar el viaje se había preguntado qué tipo de vida quería vivir. “¿Quiero vivir una vida preso de las obligaciones sociales? ¿O quiero hacer mi propio camino sin saber dónde me llevará? No digo que la primera opción es mala, pero para mí no era la mejor”, confiesa.
Para él, recorrer el mundo ha servido para dar respuesta a tres importantes preguntas.

“¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? Son las mismas preguntas que cada uno tiene que hacerse. La misión más grande que tengo es la de vivir como yo quiero”, agrega.

No obstante, “el ruso loco”, ha hecho de esta experiencia algo más que un deseo egoísta. A lo largo de su gira ha participado en la construcción de un hospital, trabajó con personas que viven con VIH, pero sobre todo muchas anécdotas inolvidables.

“He vivido innumerables situaciones increíbles, es difícil destacar solo una. En Tanzania de repente me encontré con un león salvaje, era bastante intimidante. En Etiopía nadé en un lago sin darme cuenta que a solo unos metros había cocodrilos. En el desierto Gobi me perdí y solo por suerte alguien me encontró. Y luego, las experiencias en Siria también fueron bastante locas”, cuenta.

También ha estado en la cárcel. Sucedió en Camboya, por defender a una amiga  que era molestada por miembros de una banda. Su arresto fue por dos días, ya que gracias a la influencia de un amigo de su padre, logró salir de la celda.

Sin dinero

Cuando Smirnoff tiene hambre, y debido a que no lleva dinero, busca intercambiar trabajo por comida.

“En los restaurantes, por ejemplo, propongo lavar platos o ayudar a cocinar. La misma cosa hago a cambio de alojamiento. No he dormido ni una vez en la calle en estos cuatro años. Cuando estoy en una ciudad nueva voy a buscar las universidades y cuento que estuve estudiando física experimental antes de mi viaje. Eso me abre muchas puertas. Ha habido solo pocas situaciones en las que por falta de dinero no he logrado tener lo que he querido”, señala.

Una de esas cosas son las visas. Le ocurrió en Canadá, Gran Bretaña y Corea del Norte, donde no pudo entrar porque no había pagado los documentos.

De Nicaragua, asegura, “es mi país preferido en Centroamérica. Me parece que es un país de posibilidades”. Ahora sigue su camino con la mira en América del Sur y la Antártida, para poder decir que conoce todos los continentes, y luego pedir una entrada en el Guinness Book of Records por haber hecho el viaje más largo sin cargar un solo centavo.