La Habana, Cuba-  Sor María Isabel Soto ya tiene todo listo: las albas, las casullas, las estolas, los cíngulos y ornamentos. 

¿Qué es todo eso? Es el lenguaje litúrgico par referirse a las vestiduras que se usarán en la multitudinaria misa que celebrará el Papa Francisco en la Plaza de la Revolución . Cerca de 200 sacerdotes y obispos estarán concelebrando junto al pontífice argentino. Sor María Isabel y Sor Paula Cruz, ambas hermanas de las Siervas de María, tienen una parte importante tras bastidores. Son las encargadas de vestir al séquito papal. Entre ellos están el cardenal cubano Jaime Ortega, el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolín, el Nuncio apostólico, Giorgio Lingua, y los obispos de la conferencia episcopal cubana. 

Es una labor que conlleva mucho detalle, discreción y confianza. Difícil que no la delegaran en estas religiosas cuidadoras de enfermos, servidoras de los empobrecidos y fieles en su oración. Sor María Isabel la asume con gran alegría. Sabe que estará cerca del Papa Francisco y espera poder saludarle. 

Cuenta que esta visita del Papa Francisco le produce muchos sentimientos. Se siente su cómplice en eso que los cristianos llaman desgastarse por la fe. Hace tres años, cuando vino el Papa Benedicto XVI, Sor María Isabel estaba supuesta a cantar en el coro y proclamar una lectura, pero no se pudo. Le tocó la muerte de su mamá.

Ahora, espera disfrutar del momento que le tocará vivir    no solo a ella y a los creyentes, sino a todo el pueblo cubano. "Todos estos días que hemos salido a caminar, hemos percibido un aire diferente en nuestra gente. Hasta nos piden la bendición", relata Sor María Isabel, consagrada religiosa hace 18 años. 

Su casa en La Habana es un referente para cualquier habitante de la ciudad. Fue la única de las siete casas de las Siervas de María que quedó abierta con el triunfo de la revolución. Unas 14 religiosas se quedaron para continuar su labor al servicio de los enfermos. Sor María Isabel cuenta los tiempos difíciles. Habla de sufrir por defender su fe y por tener que suprimirla muchas veces. Pero también traza una línea. Marca un antes y un después de la visita de Juan Pablo II en 1998. Fue un tiempo nuevo en lo que concierne a la práctica religiosa y a su misión social.

"Hemos vivido la historia de no poder manifestar la fe. Ahora que tenemos la posibilidad de tener al Papa con nosotros y poder ser libres de expresar nuestra fe, pues es un momento de mucha gracia" , expresa la religiosa.