Rafael Boitel cayó en una terrible depresión luego de perder la visión completa de ambos ojos, como resultado de unas cataratas que literalmente le cegaron la vida.  

Solía ser conductor de patanas, de esas que llevan materiales de construcción a Haití, pero  una vez la enfermedad empezó a limitarlo, y al no poder pagar el costo de su tratamiento, pensó que cambiar de trabajo le arreglaría la vida y decidió hacerse técnico en refrigeración.

En esa labor dse mantuvo  unos años, pero a su edad, las cataratas continuaron empeorando.

Primero perdió la visión de su ojo derecho, y lentamente la de su izquierdo, pero su más grande pérdida fue cuando despidió la luz de su vida, su esposa, a quien le escribió luego un poema que titularía ¨No te puedo ver, no te puedo tocar, pero sí te puedo amar¨.

Sus días a ciegas no fueron tan dolorosos como aquel domingo que fue al cementerio con su bastón y  chocó de golpe con la verdad. Cuenta que siempre lograba llegar a la tumba de su amada, pero ese día, al desorientarse, se perdió dentro del cementerio.

“Iba todos los domingos a contarle mis penas, y al no poder llegar por las limitaciones de mi visión, sentí que se me terminaba el mundo y no paré de llorar”, explica Boitel.

Sus amigos que le dieron asilo en el mismo taller de ebanistería y refrigeración en el que trabajaba le orientaron y apoyaron para que buscara ayuda.

Fue entonces cuando el doctor Tomás Vargas Martínez, director del Instituto Contra la Ceguera por Glaucoma (Incocegla), y la Clínica Cruz Jiminián decidieron unir esfuerzos para devolverle gratuitamente la visión al señor Boitel el pasado fin de semana, celebrando así de la mejor manera el Día Mundial de la Salud Visual, que cayó en el jueves 8 de este mes.

¨Decidimos hacerle la cirugía en ambos ojos por el estado avanzado de las cataratas, denominadas cataratas hipermaduras, que son el máximo estado de cronificación en que se pueden presentar con el avance de la edad del paciente”, detalló Vargas Martínez.

La operación se llevó a cabo en el Incocegla y Cruz Jiminián aportó parte de los materiales gastables, según el médico encargado de la cirugía.

“Al retirar las cataratas colocamos un lente artificial permanente y el paciente podrá ver una vez le quitemos el vendaje”, explicaba Tomás Vargas mientras retiraba el cobertor plástico que protegía al señor Boitel de las impurezas.

Inmediatamente fueron descubiertos los ojos de Rafael, tomó su humilde celular que estaba cubierto con cinta pegante y les dijo a los presentes que podía ver la hora.

“Lo primero que quiero hacer es ir al cementerio, y visitar a mi esposa. Quiero decirle que no quiero estar más solo, que la voy a amar siempre, y que buscaré a alguien que me haga compañía de ahora en adelante, porque he vuelto a la vida”, dijo, emocionado, el hombre que tras años de estar ciego volvió a ver, gracias al desprendimiento de dos generosos médicos.

Lo más frecuente

Según explica el galeno, los últimos estudios al nivel de oftalmología en la República Dominicana indicaron que la causa número uno de la ceguera son las cataratas, seguido del glaucoma y la retinopatía diabética.

“Gracias a los avances de la tecnología las cataratas tienen cura y son 100% reversibles, pero el glaucoma es una enfermedad que hay que prevenir, porque es silente y una vez te deja ciego, no puede curarse¨, indicó Vargas.

Los pobres no tienen acceso

Para las personas de escasos recursos, expone Tomás Vargas, “es muy difícil tratarse cuando se trata de oftalmología, ya que al nivel público solo opera el centro Cardio-Neuro-Oftalmológico y Trasplante Cecanot, donde los pacientes deben pagar al menos una parte del tratamiento, que, aunque poco, para muchos suele ser un costo muy elevado por sus escasos ingresos¨.

¨Ese es el motivo por el cual la gran mayoría de las personas que viven en la pobreza o en la indigencia quedan ciegas el resto de su vida por una enfermedad que tiene cura, porque cuando se tratan temas de salud ligados a ésta rama de la medicina, las opciones son limitadas para ellos¨, agrega.

Afectan a todos

El director del Incocegla manifestó que toda persona que supere los 60 años de edad, o al menos el 99% de ellas, sufre la enfermedad, con mayor o menor grado; la diferencia partirá dependiendo de su genética, la cual determinará si se desarrolla más temprano  o más tarde de esa etapa de la vida.