En una población pequeña como Chantal, en el Departamento Sur de Haití la comunidad se apiña ante una tragedia como la provocada por el huracán Matthew, que ha causado la muerte de más de 90 de sus vecinos, que se suman a los cientos de fallecidos en todo el país.

De no ser por la solidaridad de todos, quizá muchos de los fallecidos aún no habrían recibido sepultura, y eso lo sabe bien la familia de Farah, una joven de 25 años, que deja viudo y una niña pequeña.

La noche en la que el huracán arrasó el suroeste haitiano, Farah estaba con su familia en su casa, un endeble chamizo en mitad del campo, algo alejado del área principal de viviendas, cuando una palmera derribó sin dificultad la débil estructura y cayó directamente sobre ella.

Cuando pasó la tempestad, los vecinos se organizaron para recorrer el pueblo, y comprobar los daños materiales y personales causados.

Cinco días después de que el ojo de Matthew tocase tierra en el oeste de Haití, el gobierno haitiano continúa hoy evaluando los severos daños y la cifra de víctimas.

Según balances provisionales oficiales, Matthew dejó 271 muertos aunque fuentes de organismos de socorro y autoridades locales aseguran que son más de 800.

En el caso de Farah, fueron necesarios los brazos de unos cuentos hombres para liberar su cuerpo de la pesada palmera, para darle sepultura el mismo martes.

Fue su hermano Milot quien la enterró, muy cerca de los casi inexistentes restos del chamizo que no pudo protegerla de la devastadora furia de Matthew.

Es la suegra de Farah, que también se guarecía ahí de la tempestad, la que relata el suceso, mientras Milot permanece junto al improvisado enterramiento, sin ningún tipo de distintivo.

Es algo frecuente, en este empobrecido país, enterrar a los muertos junto al lugar donde vivieron.

La escena del relato se produce bajo la perpleja mirada de varios vecinos que acuden hasta ese punto, al saber que hay dos "blancos" en el pueblo, interesándose por las víctimas, según explica Daniel, el hombre que sirve de traductor para Efe, después de abandonar el lugar.

Para estas gentes sencillas y apartadas del mundo la presencia de periodistas es algo insólito, y más aún el hecho de recibir condolencias por parte de unos desconocidos extranjeros, apunta el intérprete.

Más extraño les parece cuando resulta tan difícil llegar hasta Chantal, debido a que parte del puente que conduce hasta allí desde Les Cayes se derrumbó como consecuencia del huracán, y la única forma de salvar ese tramo es a pie, pasando por unas rudimentarias escaleras hechas a base de tablones y troncos de palmera.

Ya en el otro lado, alrededor de una docena de motoristas tratan de hacer algo de negocio ofreciéndose a transportar al viajero hasta el lugar al que necesite llegar, a cambio de unos gourdes.

Frente a quienes se procuran el sustento de la manera que pueden ante la desgracia, algunas de las familias que han sido víctimas de Matthew tienen un comportamiento tan sorprendente como noble, ofreciendo algo de comida a un extranjero que retrata la desolación de lo que fue un hogar reducido a escombros, y en el que permanecen, al raso, con lo poco que queda de sus pertenencias.