Todo un dilema envuelve el tema de las envasadoras de gas.  Por un lado la versión de los propietarios y por el otro las familias que salieron corriendo ante la humareda de Mariot Gas; y aunque a una semana del hecho pudiera quedar en el olvido el aspecto humano entre tanta información, siete personas permanecen en estado delicado de salud.  

La vida de los niños. Ese fue el primer pensamiento que llegó a la mente de Virgen González, ama de casa que vive a unos cinco minutos de donde ocurrió la explosión.

“Pensé principalmente en los niños, en esa gente enferma que no podían correr. Pensé en esos ancianos. En nosotros mismos. Las madres desfavorecidas buscando los niños en la escuela. No sabíamos en el horizonte para dónde íbamos a correr. Yo misma le dije a la hija mía corre para allá, para San Isidro; coge el carro y vete con los niños. Ellos son los más importantes. Uno ya está viejo. Si uno se muere ya tá pago, pero a un niño hay que salvarle la vida”, narra esta señora que reside en la calle Pompeya próximo a la Arezzo de la Urbanización Italia.

Virgen, al igual que otros vecinos de esta localidad, se siente atemorizada por tantas envasadoras de gas. Unas cinco para ser exactos y a menos de 500 metros una de la otra. Mariot Gas, la que se incendió – no fue una explosión propiamente– el pasado jueves, se ubica en el mismo perímetro que Hilda Gas, Gas Antillano, Coopegas y Rojo Gas (algunas pared con pared sin exagerar).

“Esas plantas las autoridades deben chequearlas porque yo cuando voy a comprar gas ahí me fijo que eso está lleno de óxido y de moho. Y aquí en verdad las autoridades no revisan las cosas. Aquí son indiferentes con la situación. Entonces lo que están esperando es que suceda una cosa más grande para entonces salir al frente ,y eso no debe ser así. Tenemos que condolernos de los seres humanos, de la vida, que es lo más importante”, enfatiza Virgen González.

La solución que proponen ella y otros comunitarios es arrancar el mal de raíz. “Yo diría que esas plantas de gas hay que o sacarlas o cerrarlas  o ponerlas más lejos, donde no haya tanta gente. No es como ellos dicen, que cuando ellos llegaron ya nosotros estábamos aquí. No. Ese no es el hecho”.

El miedo instalado en las familias

Al sacerdote Fray Arístides Jiménez Richardson también le inquieta lo que ha ocurrido en estas últimas semanas con respecto a las envasadoras de gas. Hace hincapié en el miedo de las familias de esta comunidad y considera, como párroco y como residente que vive a una esquina de Mariot Gas, que “estamos viviendo sobre una bomba de tiempo”.

“Es cierto que algunas envasadoras son muy antiguas en su ubicación, pero eso no les da derecho por encima de las familias que se han instalado, porque al contrario, si ya está urbanizado todo el entorno, entonces eso exige una revisión por parte de las autoridades. Eso es un indicativo de que esas estaciones deben estar lejos del entorno de esas familias”, destaca el religioso, quien en nombre de la parroquia que representa, Inmaculada Concepción, se une al dolor de los más afectados.

Este sacerdote que reconoce la labor de las autoridades, también fue testigo del hecho. “Vi todo aquello encendido (…) Fue muy consternador, las personas incendiadas. Las familias corriendo por las calles. Algunas señoras se desmayaron. Fue muy desagradable. Muchas personas en la autopista de San Isidro, porque por su seguridad las autoridades no les permitían acercarse a sus viviendas, ya que si explotaba uno de esos tanques podían perderse todas las vidas de los vecinos”, describe.

“No quisiera ver esa escena de nuevo. Fue muy desagradable ver a tantas familias aterradas, corriendo por las calles, sin rumbo”, recuerda.

La versión que se oculta en las envasadoras

Los administradores de las mencionadas envasadoras también tienen algo que decir. Maribel Santana, encargada de Hilda Gas (envasadora instalada hace 39 años en esta zona residencial), dice “si tú te das cuenta, todas las plantas aquí prácticamente están juntas. Casi todo el sector se componía de plantas. Pero ¿qué hicieron? Lo fueron poblando”.

Santana considera que ahora lo que corresponde es “que las autoridades tomen las medidas necesarias porque ya el problema está”.

La administradora de Hilda Gas, Hilda Frías, dice que este negocio cuenta con los permisos reglamentarios para funcionar; asegura también que tiene un inspector del Ministerio de Industria y Comercio que los supervisa todos los días y uno que va dos veces al año de la Dirección de Normas y Sistema de Calidad (Digenor).

“Uno siempre está expuesto. Es lamentable lo que ha pasado por mal manejo humano, pero eso siempre pasa. Hoy puede ser el gas, mañana la gasolina. Nosotros siempre somos supervisados por todas las autoridades”, expresa.  

El ingeniero Juan Ramón Uribe Pichirilo, de la Cooperativa de gas La Económica (Coopegas, 35 años de instalada) coincide que en se trata de un tema multifactorial. Habla de los sistemas de seguridad de este centro de expendio de gas pero también habla de que si una envasadora de estas se coloca en las afueras de la ciudad, de todos modos las personas irán a adquirir el producto y se pondrán en peligro.

“Esta zona era un área de contención. Fue delimitada solo para envasadoras de gas. Lo dispuso así el gobierno de Joaquín Balaguer (…) Tú tienes gas y tú duermes con un cilindro ahí, en tu casa. Con eso se tumba toda tu casa. Lo que no tenemos en el país es una red de distribución, es decir, que tu gas te lo lleven”,  a la casa explica.

Cada uno con su argumento; cada quien observando la problemática con un cristal diferente. Lo cierto es que, con permisos o no, las explosiones e incendios en envasadoras de gas han dejado en las últimas tres semanas tres muertos, más de 15 heridos y comunidades enteras –negociantes y familias– aterrorizadas.