La hora no fue excusa. Se pusieron en camino y se agarraron de las manos desde temprano. Los habitantes de las comunidades montañosas de Padre Las Casas, provincia Azua, inician otra de sus batallas.  Una batalla por carreteras, escuelas y hospitales pero, sobre todo, una batalla por la dignidad.

Cansados de tanta espera, cansados de tanto olvido, le piden al presidente Danilo Medina que tenga misericordia, que se acuerde de ellos, que venga en su auxilio.

Los jóvenes fueron los primeros en decir sus reclamos. “Yo estaba en séptimo y pasé a octavo pero no he podido seguir estudiando porque no tengo el fondo para continuar en el pueblo. Ya tengo casi un año parada (…) Somos 15 estudiantes que pasamos de séptimo a octavo y no podemos estudiar. Necesitamos la escuela para poder continuar”, expresa Claritza de la Cruz Gill, joven de 18 años que reside en la comunidad El Gramazo.

Pero Claritza no es la única. Según el censo 2010 que realizó La Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) de 18,222 habitantes que hay en el municipio Padre Las Casas, solo 8,458 personas de cinco años en adelante llegan a completar la primaria, siendo este el nivel académico que más personas registra.

“Estamos exigiendo a las autoridades. Somos  personas olvidadas. Estamos pidiendo liceo, carretera, el asfalto, que nuestra educación sea de calidad para nuestros jóvenes y para nuestros niños. Somos personas olvidadas por las autoridades competentes. Queremos que se nos tome en cuenta. Necesitamos parroquias; necesitamos escuelas. Queremos nuestra cordillera reforestada. Queremos que nos miren”, explica Antia De la Rosa, profesora de 34 años que está a la espera de un nombramiento para poder ejercer su profesión.

La escuela de El Gramazo, según la religiosa Aida Girón, de la congregación Hermanas de Cristo Crucificado, ya estaba en la agenda del Gobierno. Afirma que vio en la planificación del Ministerio de Educación que el recinto por el que ahora luchan ya para el año 2015 debía estar listo. Pero no fue así.

Más tarde, A Girón los encargados de cumplir con la construcción de este plantel le dijeron que el proyecto se movió para otro lado. La comunidad sigue sin entender el porqué de esta decisión que, según dicen, los tiene en la orfandad y el abandono.

Uno o dos profesores para más de 50 estudiantes. Escuelas cayéndose a pedazos, aulas en deterioro; estudiantes recibiendo clases en parroquias, en centros comunales prestados. Factores comunes en estas más de 20 localidades.

Caminos que no son caminos
El mal estado de los caminos es también una de las cuentas en este rosario de problemas. La fraterna Aida Girón, de la congregación Hermanas de Cristo Crucificado, también ha sido víctima del fango de estos caminos cuando la lluvia empapa la tierra.

En septiembre del año pasado, mientras subía por la loma del paraje Gajo de Monte, se fracturó el húmero. “Había llovido mucho, el camino estaba intransitable. Había demasiado fango, demasiado logo. Tuvimos que dejar las guaguas en las que andábamos para poder pasar un arroyo. Cogimos motores.

El motorista perdió el equilibrio, el motor se resbaló y nos caímos los dos en el barranco. Se me fracturó el húmero. Ya llevo más de cuatro meses con el brazo vendado”, narra esta religiosa, quien ya lleva cuatro años en el referido municipio.  

A Girón la acompaña Audelia Rodríguez, también religiosa de esta fraternidad católica.  La intención de ambas, con esta cadena humana es “visibilizar” y que se escuchen las voces de esta gente sencilla que vive en medio de tantas limitaciones.  

“Una cadena es un símbolo de unidad, de fuerza. Le llamamos – a esta actividad- cadena humana porque es la manera en que el pueblo unido es capaz de hacerse sentir, de hacerse visible”, explica Rodríguez, a quien también le  preocupa el deterioro ambiental de esta zona.

“Necesitamos la reforestación. Si no se le pone cuidado a La Cordillera Central y se realizan las acciones pertinentes ahora, eso se tornará en muerte para el país. De hecho ya sabemos que aquí se está terminando el agua y teniendo este recurso tan inmenso, necesitamos que el país y que todos veamos qué hacemos. Duele ver a la madre Tierra gimiendo en esas condiciones; no podemos quedarnos con los brazos cruzados”, enfatiza.

Esta tierra, escasa en lluvias, también tiene colgada en un hilo su principal actividad productiva: la agricultura. “Tenemos la dificultad de producir y no tener acceso para sacar el producto o se tiene que vender a bajo precio por la inaccesibilidad de los terrenos”, resalta Rodríguez, con un año de servicio pastoral en la zona.

Sin doctores ni medicamentos
En estas comunidades de Padre Las Casas, quienes se enferman tienen que ir al municipio de Constanza, en La Vega, para que los atiendan.  “Cuando se nos enferma un niño tenemos que coger hasta por Constanza; cuando viene a ver hasta por el camino se nos mueren –las personas- porque no tenemos a dónde ir a comprar una pastilla”, cuenta Sonia Pinales.

Con ella coincide Cristian Ferreras, quien ya está resignado a que cuando él o uno de sus parientes se enferma ir al Hospital Las Cañitas no es una opción.

“A veces cuando uno va los doctores le dicen a uno, no tenemos ni que chequearlo porque no hay medicamentos. Si no hay inyección para ponernos entonces qué hacemos (…) tenemos una clínica pero está sin médico, entonces no tenemos nada. Si por ejemplo se esforzaron para hacernos la clínica, mándennos buenos médicos y medicina. A veces está el médico y la medicina no se encuentra”, resalta Ferreras, quien minutos antes de esta manifestación recibió la noticia de que uno de sus hermanos se acababa de fracturar una pierna en uno de tantos caminos pedregosos de El Gramazo.

Las Lagunas, El Chocho, El Limón, Las Lajas, Botoncillo, Gajo de Monte, Majaguita, el Jobal, Las Cañitas, Los Auqueyes, Elechal, el Palero, Periquito, El Tetero, La Fortuna, El Roblito, Los Rodríguez, La Paila, Fundo Viejo,  El Gramazo y Sabina del Sur fueron las comunidades que participaron en esta Cadena Humana que inició la mañana del sábado 12 y se extendió hasta el atardecer.

“Con esta Cadena Humana, que estamos luchando juntos, le prometemos a ustedes que vamos a sacar buen fruto”, entonaban todos.

Que ellos existen. Con “su esperanza dura y su fe veterana”, estos padrecasences solo quieren recordar a las autoridades, que ellos, ahí entre esas montañas de la Cordillera Central, justo en la carretera que una a Padre Las Casas con Constanza, también existen.