“En Chernobyl hubo una explosión química. El reactor comenzó a generar mucha potencia y el circonio, que es el material que envuelve a las vainas del elemento combustible, en este caso el uranio, produjo una reacción química que separó el hidrógeno del oxígeno en demasiada cantidad. Se produjo entonces mucho óxido de circonio, y ese óxido de circonio liberó hidrógeno. Lo que ocurrió en Chernobyl fue una explosión química donde el exceso de hidrógeno reventó el reactor”.

Esa es la explicación científica, hecha por el experto en energía nuclear y profesor asociado de la Universidad Adolfo Ibáñez, José Maldifassi, sobre lo que pasó el 26 de abril de 1986 en el norte de Ucrania, en ese entonces parte de la Unión Soviética.

“Yo soy testigo de Chernobyl, el acontecimiento más importante del siglo XX, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. (…) Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido de este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?”.

Esa es una de las reflexiones con las que la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura, comienza su libro Voces de Chernóbil, que como según explica, no trata del accidente en sí, sino que de todos los sentimientos, emociones, vivencias y estragos que provocó el hecho.

“En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: ‘Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto’. No vi la explosión, solo las llamas. Todo parecía iluminado, el cielo entero… unas llamas altas. Y hollín. Y un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. (…) Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal y como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal”.

Esa es la explicación de Lyudmila Ignatenko, el primero de las decenas de testimonios que la periodista bielorrusa recopiló por 20 años para este libro. No sólo de víctimas, sino que también de los soldados soviéticos, de los liquidadores encargados de limpiar la zona, todos víctimas.

Según informes tanto de organizaciones como la OMS o Greenpeace, unas 500 veces más material radiactivo que la bomba nuclear de Hiroshima. En las siguientes dos semanas al hecho se registraron aumentos considerables en los niveles de radiactividad no solo en Europa, sino también en Japón, Estados Unidos y Canadá.

Víctima de una catástrofe ocurrida en un país aunque limítrofe, extranjero, Bielorrusia pagó los platos rotos: siendo uno de los países más pobres de los que formaban parte o eran satélites a la Uníón Soviética, vio afectado a más del 20% de su territorio por la radiación.

En comparación, Ucrania, el país donde se encuentra la estación nuclear, vio afectado menos de un 5 %.

Fueron también 264,000 las hectáreas que pasaron de estar destinadas a la explotación agrícola a ser inutilizables por la contaminación, en un país que hasta fines del siglo XX dependía en gran parte del sector agricultor y de las exportaciones a Rusia.

Hoy, más de 2 millones de personas viven hoy en territorios contaminados, de las cuales alrededor de 700,000 son niños.

Pero ¿qué es Chernobyl? ¿Sólo un accidente? ¿El inicio del fin de la carrera tecnológica soviética? ¿Un precedente relacionado con el peligro que significa para el hombre la energía nuclear? ¿Un recordatorio de los límites de la humanidad? ¿Una historia de amor, de muerte, de tragedia?

Puede ser todo eso, y es lo que Alexiévich pretende dar a entender en su libro. Y también, según Svletana, que “es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI”.