La política, en su definición clásica, es la actividad realizada para ordenar los problemas de la convivencia colectiva. Lo que no puede hacer el individuo debería hacerlo la política.

El descontento con la política se debe al incumplimiento permanente de este propósito. Los ciudadanos nos preocupamos y ocupamos en resolver lo que debería resolver la política.

La política debe ser capaz de brindarle al ciudadano seguridad para sus bienes y su persona, salud, educación; servicios públicos como electricidad, agua potable y cualquier infraestructura necesaria para la vida y el trabajo.

Los políticos, aquellas personas con vocación para los asuntos públicos, se supone, deberían centrar todas sus energías en la solución de las principales preocupaciones ciudadanas.

Las conversaciones, los medios de comunicación y los instrumentos científicos de medición recogen las opiniones que al respecto de estos temas tienen los ciudadanos.

 Sorprende la monotonía de la repetición de los temas: la inseguridad, los altos precios, el desempleo, los apagones, la corrupción, la salud y el agua potable. Las necesidades básicas que deben estar satisfechas para una vida digna.

Nuestra cotidianidad prueba el estrepitoso fracaso de la política para cumplir ese cometido. No tenemos seguridad, los precios andan por las nubes, los empleos son insuficientes, los apagones constantes y la corrupción galopante.  

Paremos de contar y digamos sin temor: el progreso moderado que muestra el país, sin exagerar, se ha conseguido a pesar de la política más que por la política.

El compromiso ciudadano con la democracia es indudable, porque a pesar de los malos resultados se mantiene  un apoyo mayortario a esta forma de gobierno.

La acumulación de fracasos impacta en la confianza que se tiene en las pricipales instituciones. El hecho de que las organizaciones políticas estén entre las menos valoradas debería preocupar.

Por nuestra cabeza no deja de aparecer la pregunta: ¿Cuánto tiempo resistirá la democracia estos malos resultados?