Una semana después de que el huracán Matthew arrasara la ciudad de Jeremie, al suroeste de Haití, la tarea de llegar aquí por carretera constituye toda una gesta, lo que dificulta el reparto de la ayuda humanitaria.

El camino desde Les Cayes es el preludio de la desolación que uno encuentra al llegar a Jeremie, una ciudad a la que Matthew parece haber arrancado el alma.

Aunque ya circulan centenares de fotografías y vídeos del lamentable estado, de aspecto casi apocalíptico, que ofrece la ciudad, verlo en directo es sobrecogedor.

Aún hay calles embarradas y los escombros se amontonan por toneladas por todas partes. No hay un solo rincón libre de restos de viviendas y vegetación, pero los habitantes de Jeremie, capital del departamento de Grand'Anse siguen adelante, manteniendo el bullicio en las calles, sobre todo en las comerciales.

Sobre sus cabezas, helicópteros sobrevuelan una y otra vez los restos del desastre, inspeccionando el terreno y transportando la ayuda humanitaria, que aún resulta insuficiente.

La ONU pidió ayer 119,9 millones de dólares para asistir a 750.000 personas afectadas en el suroeste de Haití por el ciclón.

Más del 19 % de la población de Haití -2,1 millones de personas- se ha visto afectada por el huracán y más del 12 % -1,4 millones de personas- necesita asistencia urgente en diferentes departamentos del país, sobre todo en los departamentos del sur y de Grand'Anse.

Las tiendecitas y colmados que siguen en pie en Jeremie y tienen existencias reciben la visita de compradores que, para llevar comida a sus casas, no dudan escalar las montañas de cascotes y restos vegetales que obstaculizan el paso.

El tránsito se hace complicado para los vehículos todoterreno por lo concurrido de la vía, donde las motocicletas se mueven ágilmente de un lado a otro.

La escarpadísimas calles de la ciudad mantienen un trasiego importante y por uno y otro lado hay hombres haciendo reparaciones de todo tipo.

Después de varios días en los que el acceso por tierra a Jeremie era imposible, la carretera es un auténtico pedregal en algunos tramos, y no solo a causa de la acción de Matthew, puesto que las infraestructuras haitianas son de por sí deficientes, aunque semejante tempestad contribuyó a empeorarla.

Además de los obstáculos que, arrastrados por la lluvia torrencial, aún hay ocupando parcialmente el ancho del camino en innumerables puntos, hay restos de barricadas hechas con piedras y troncos colocadas por los lugareños para pedir peaje a los conductores que se aventuran a recorrer la carretera.

Para continuar despejando el camino, un convoy de la Minustah circula por la zona transportando una máquina retroexcavadora en un camión, al que acompañan varios vehículos con efectivos de Brasil y Uruguay.

Casi todo el recorrido transcurre por montaña, es una obra ganada palmo a palmo a la roca pura, que deja a un lado paredes inestables que amenazan con un desprendimiento en cualquier momento y, al otro, pendientes de vértigo o temibles precipicios.

Es difícil imaginar que un vehículo pesado pueda pasar por las zonas más estrechas del trazado.

Más inverosímil es que haya personas habitando esta zona tan árida en medio de la nada, pero en la ladera de la montaña hay diseminadas casas, chabolas y chamizos, muchos de ellos totalmente derruidos tras el paso del huracán, que ha dejado a sus propietarios sin nada.

A su paso por Haití el huracán Matthew dejó, según las últimas cifras provisionales divulgadas ayer por Protección Civil, 372 muertos, 4 desaparecidos, 246 heridos y 175.000 personas desplazadas en 224 refugios.

Sin embargo, fuentes de organismos de socorro y autoridades locales aseguraban el viernes que las víctimas mortales superan los 800.

Las organizaciones no dan abasto ante semejante crisis. El personal desplazado a la zona ha ocupado prácticamente todas las plazas hoteleras y encontrar habitación es complicado, dado lo precario de la oferta para un turismo casi inexistente desde hace años y que, tras la catástrofe de semejantes dimensiones, tardará una eternidad en volver.