Peleando con los efectos de las lluvias y con el asombro de los días; enfrentados a caminos trazados por la imaginación de los caminantes; durmiendo en ranchetas de mala muerte, en maltrechos depósitos de alimentos, en el suelo o encima de su propio escritorio, luchando para mantener a raya a los ratones, muriendo de frío bajo las inclemencias de la montaña; dando clases en escuelas que serían la vergüenza de cualquier lugar que se respete y uno de ellos impartiendo dos tandas aunque solo cobra por una, hay 43 maestros rurales movilizados en la zona alta de Padre Las Casas.

Veintiséis hombres y diecisiete mujeres, los educadores están repartidos en 13 escuelas ubicadas entre Padre Las Casas y Constanza, entre el sur y el norte. Las condiciones en que realizan su trabajo testifican las miserias de la educación en la zona.

“Lo que estamos pasando los maestros en estas montañas solo lo sabe Dios”, dice Juan Bautista (Onel) Taveras, director de la escuela de El Gramazo, un hombre que cada día lucha por mejorar el plantel que dirige y cada día pierde la batalla.

La casucha de El Gramazo
Los maestros asignados a El Gramazo viven en una casucha alquilada hecha con tablas viejas que ya están podridas, pedazos de zinc y restos de afiches y letreros desechados en los caminos que parece para pordioseros.

“El otro día empezó a llover a las 10:00 de la noche y paró a las 6:00 de la mañana, y tuvimos que amanecer parados en una esquinita de la casa, bajo el aguacero, y parar los colchones para que no se enchumbaran”, narra el profesor Fausto (Mundo) Valenzuela.

Mientras el viento aullaba como un lobo fuera de la casucha, adentro la lluvia ganaba la partida. “Cayó un pedazo del techo de zinc y una parte de los parches que cubren las paredes.

Cuando poníamos un pedazo, se iba el otro, y al final, nos quedamos parados bajo la lluvia, sin poder hacer más nada que esperar que pasara el mal tiempo.”

El maestro que duerme en dos sillas
El descuido ha convertido a los maestros rurales en damnificados. Y en El Tetero, un lugar que desafía los altímetros, hay una triste comprobación. Allí, a 1,300 metros sobre el nivel del mar, hay un profesor que se llama Beriquil Valenzuela. También viene de Guayabal y su situación no es mejor que la del resto de los docentes.

“Lo que hago cada día es esperar que se vayan los  muchachos después de la segunda tanda y que caiga la noche, junto dos sillas y les tiro una colchoneta encima”, revela. “Esa es mi cama todas las noches”.

En ese centro hay dos maestras que duermen en un área que sirve de depósito y cocina del desayuno escolar. La presencia de alimentos es atractiva para ratas y otras alimañas. El director de la escuela, Joaquín Rosa Luciano, pone trampas y veneno cada día para mantener a raya las plagas. Ni qué decir que las maestras no tienen ningún tipo de privacidad.

Michel Alcántara, de la escuela Justo Pinales, de Los Rodríguez, anda penando por los caminos como un fantasma porque no tiene sitio fijo para dormir. A veces duerme en la casa de una señora conocida como Olga, pero cuando el esposo se va a la loma a limpiar la tierra, a sembrar, a repasar los cultivos o a cosechar, por las costumbres que rigen en la zona, él tiene que buscar otra posada.

“Entonces, me voy a la escuela de El Roblito, donde los maestros, por pena, me dan un ladito en su cama”, cuenta Alcántara.

En Gajo de Monte hay ocho maestros, cinco mujeres y tres hombres, que vienen de Guayabal y Padre Las Casas. Las profesoras tuvieron que alquilar un rancho cerca de la escuela, y los maestros, otra un poco más adelante. Como todos los ranchos del poblado, las casas de los maestros carecen de lo indispensable para vivir con dignidad, empezando por el espacio.

Las escuelas de la zona no tienen dormitorio, lo cual hace más difícil su trabajo y su estadía.

El día que el maestro se cayó al río
Tratando de llegar a su escuela, Onel Taveras, director de El Gramazo, ha caído dos veces a las aguas del río Grande, cerca de Constanza, desde un patético puente que cuelga de la nada, por el que solo pasan, mal que bien, peatones y motocicletas. La última vez que cayó era viernes y esa tarde la montaña tenía puesto el vestido azul de la neblina.

“Ya venía de regreso para Guayabal, el lugar donde vivo con mi familia; en medio del puente, el motor pasó sobre una tabla rota, perdí el equilibro y caí al río y mi acompañante me cayó encima”, cuenta.
Su compañero Fausto Valenzuela perdió la cuenta de las veces que ha caído en el camino a la escuela.
Solo la semana del 16 al 23 de mayo hubo cinco accidentes en la “carretera” y en tres de ellos estuvieron envueltos maestros, entre ellos la profesora de la escuela de Los Fríos, María de los Ángeles Ramírez, embarazada de cinco meses.

Esa misma semana se accidentó en la fallida carretera Juancito Quezada, a la altura de Caña de Castilla, cerca de la comunidad de El Limón. Días después le tocó al profesor Valentín Corcino, camino a El Gramazo.

Esa es la realidad de los maestros rurales de la zona montañosa de Padre Las Casas.
Dejan atrás sus familias para enfrentarse a los aguaceros y a ríos que llevan en sus aguas el dolor del olvido.

El camino es duro y hay que aprender a sobrevivir en él. Su labor está llena de penurias, de tristezas e incomprensiones, y como quiera van sonrientes y con un alfabeto de esperanza en las manos.

Siempre habrá que mirar con respeto a esa muchacha que va con el pelo al viento o aquel hombre que camina bajo la lluvia para ir muy lejos de su casa a mejorar el mundo a fuerza de enseñanza: a mejorar aquel mundo cubierto de rocío.