Este señor, de 48 años, inicia sus mañanas en compañía de un cafecito bien claro; tan claro como sus ojos de miel. El color de su piel compite perfectamente con el de la canela. Anda sin prisa por la vida, le sonríe al viento y a la gente. No tiene colores favoritos y hace su trabajo con la misma formalidad de su camisa de rayas verticales, su pantalón gris y sus zapatos con camino de hace tiempo.

Se llama José Martín Quiñones González y es de Guayubín, municipio de Montecristi. Hace 18 años hizo del “motoconchismo” una opción de vida y subsistencia. Para él, su trabajo es sinónimo de libertad, de total independencia. Aunque cursó dos años de Licenciatura en Informática –registrado con la matrícula 1987–   en la Universidad O&M (Organización y Método), disfruta de este oficio, que según subraya, no cambiaría por ningún otro. “Me han ofrecido ser taxista pero no quiero. El empleado tradicional tiene que estar sometido; como empleado hay que soportar muchas cosas. Yo consigo mi dinero sin presión, lo que consigo me entra limpio”.

A Martín lo chocó una guagua a los 22 años; este accidente le provocó un trauma cerebral que lo dejó incapacitado por un año. A mediados de carrera tuvo que abandonar la academia para dedicarse de manera exclusiva a trabajar.

A Martín, uno que otro día le entristece que por cuestiones de la edad, su madre, de 84 años, no lo reconozca. “Mami está sorda; soy su chiquito. A veces se olvida de quién soy y le digo, ‘mamá, soy yo’; ella vive aferrada a mí. Lo que consigo es para ella”, cuenta con amorosa paciencia.

Trabaja desde las 7:00 hasta las 11:00 de la mañana; no puede laborar después del mediodía porque el sol le ha causado problemas en la piel. Con un ingreso diario entre 300 y 500 pesos, se distribuye para pagar luz, cable, comprar la comida de la casa y tomarse su cervecita.

Además de transportar clientes de un lado a otro, tiene una entradita de dinero extra por llenar tanques de gas y hacerles en su motor algunas diligencias a quienes se lo solicitan.

Dentro de las principales dificultades de un motoconchista, Martín, uno de los fundadores principales de la parada de motoristas de la Autopista San Isidro, Urbanización Italia, destaca la invasión de los “piratas” que llegan de la nada e intentan imponerse. “El pirata quiere saber más que uno. Hay clientes que se van con los piratas, ya conociendo a uno que es viejo ahí; pero uno no puede decirle nada porque el cliente está pagando su dinero”, subraya.

Sentarse un rato en el parque y visitar algún río con sus amigos son las actividades que entre tienen a Martín, hombre de trabajo que en su día a día tiene la responsabilidad como un elemento fundamental en su servicio. “Hay que ser cumplidor; ciertamente, hay clientes molestos a quienes hay que buscarles la vuelta, pero si el cliente te dice a una hora que pases, pasa”, enfatiza.  

El costo de una motocicleta como la de Martín anda por los 35 mil pesos. En el país, según las cifras del parque vehicular, hay un millón 803 mil 328 motocicletas de los tres millones 398 mil 662 vehículos, según el boletín 2014 que realiza la Dirección General de Impuestos Internos, publicado en marzo de este año.

A Martín, quien tiene un hijo de 22 años que vive fuera del país,  le enoja la vagancia de una parte de la juventud que no quiere trabajar honradamente. “Yo hasta baños destapo por ganarme mi dinerito”, dice, para luego reflexionar con una alegre sonrisa: “Hay que ser feliz. El dinero no es todo; sirve para comprar, sin embargo, hay cosas más importantes”. 

Martín es solo uno de los 250 mil hombres que viven del motoconchismo según el censo del 2011 de la Oficina Técnica de Transporte Terrestre (OTTT), y que trabaja incansablemente en un país repleto de personas que, al igual que él, son humanamente ricas.