Cuando escuchamos hablar de matrimonio infantil por lo general pensamos en países distantes, con costumbres culturales y religiosas muy diferentes a las nuestras. Sin embargo, el matrimonio infantil es una realidad común en la República Dominicana, donde los estudios revelan que el 41% de las menores de 18 años ya se encuentran en unión marital. De éstas, una proporción importante se unió antes de cumplir los 15 años. Estas cifras nos colocan en primer lugar en la región latinoamericana y superan considerablemente el promedio regional de 29% de matrimonios infantiles (BID, 2015).

Llama la atención la relativa invisibilidad de esta práctica en nuestro país, vista la atención que en los últimos años ha recibido el embarazo adolescente, lo que remite a la normalización cultural del matrimonio infantil en la sociedad dominicana. Ahora bien, ¿qué es el matrimonio infantil? Éste se define como la unión conyugal, ya sea legal o de hecho, en la que uno de los cónyuges es menor de 18 años y por tanto, según la Convención Internacional de los Derechos del Niño, es considerado como niña o niño.

En República Dominicana, como en la mayoría de países, el matrimonio infantil afecta preponderantemente a las niñas, siendo habitual que sus parejas sean hombres de mayor edad (ONE, 2012).  Según ENHOGAR 2014, el marido del 24% de las mujeres jóvenes actualmente unidas o casadas las supera en edad 10 años o más.

La ley dominicana establece en 18 años la edad legal para ambos sexos poder contraer matrimonio; con consentimiento parental, ésta se reduce a 15 años en el caso de las niñas y 16 en el de los niños. Este dato debe ser ponderado tomando en cuenta que dos de cada tres uniones maritales en el país son de hecho y no legales (MEPyD, 2014), siendo mucho más alta esta proporción entre los sectores de bajos ingresos, a los que corresponden la gran mayoría de los matrimonios de menores. En todo caso, el 12% de las mujeres dominicanas actualmente en edad reproductiva se unió/casó antes de los 15 años, sin consecuencia legal alguna (Enhogar 2014).

El matrimonio infantil es un fenómeno de la pobreza, como revela el hecho de que el 95% de los nacimientos de madres adolescentes a nivel mundial ocurren en países en desarrollo (Sin Techos, 2015). En nuestro país, las adolescentes con bajos niveles educativos son 6 veces más propensas a quedar embarazadas que aquellas con los niveles educativos más altos; cuando se compara el ingreso, las del quintil inferior tienen 4 veces mayor riesgo que las del quintil superior (ENDESA 2013).
 
Causas del matrimonio infantil
 
Los estudios indican que la causa principal del matrimonio infantil es la falta de oportunidades educativas y laborales para las niñas pobres, que ven la unión marital como la mejor opción para mejorar sus condiciones de vida y, en algunos casos, para escapar de situaciones de violencia en el hogar.

Esto explica por qué, en el contexto de la pobreza, las niñas suelen casarse con hombres mucho mayores que ellas, con la expectativa de que por su mayor edad éste tenga condiciones económicas que le permitan ser mejor proveedor. Como veremos, la diferencia de edad genera grandes desigualdades en la relación de pareja, que colocan a la niña en una posición de extrema dependencia a la hora de hacer valer sus propios intereses (ONE 2012).

En situaciones de extrema pobreza, también los padres ven el matrimonio infantil como una estrategia de sobrevivencia familiar, ya sea que consideren el matrimonio de sus hijas jóvenes como una oportunidad para aliviar la carga económica del hogar o como una medida de protección para mejorar las condiciones de vida de sus hijas.
 
Las ideologías culturales que exaltan la maternidad como logro femenino por excelencia, sobre todo cuando ésta ocurre dentro de una unión de pareja establecida, también contribuyen a la legitimación social del matrimonio infantil. Es por esta razón que muchos embarazos adolescentes son deseados por las niñas y aceptados por su familia y su entorno social (ONE, 2012). En otros casos el embarazo adolescente puede ser accidental, producto de la falta de acceso a información y métodos de prevención, y conllevar a una unión marital no deseada (o no planificada) por parte de la niña.
 
En cualquier caso, lo que subyace a la práctica del matrimonio infantil y su amplia aceptación cultural en la República Dominicana son las ideologías de género que objetifican sexualmente a las menores, convirtiéndolas en mercancía sexual apetecible para hombres de mayor edad, y que limitan sus posibilidades de superación económica y laboral al relegarlas prematuramente a roles tradicionales de esposa y madre.

La sociedad dominicana debe examinar críticamente sus actitudes contradictorias frente al matrimonio infantil: por un lado, el Código de Niñas, Niños y Adolescentes establece en su artículo 396 la ilegalidad del matrimonio infantil, al penalizar con hasta cinco años de cárcel al adulto que sostenga relaciones sexuales con una menor cuya edad supere por cinco años a más. En la práctica, no se conoce un solo caso en el cual las autoridades hayan aplicado este artículo.
 
También resulta contradictoria la preocupación externada por numerosos sectores de la sociedad dominicana ante los altos índices de embarazo adolescente, mientras permanece indiferente ante el fenómeno del matrimonio infantil, en tanto éste se percibe como una práctica cultural legítima siempre que la niña acceda voluntariamente a la unión.

Es decir, no se cuestiona el hecho de que hombres adultos y hasta mayores se “enamoren” de niñas de 14 ó 15 años; el adulto que convierte a una niña en su objeto de deseo no sufre repudio social ni sanción legal y su comportamiento no es considerado aberrante. El problema del embarazo precoz, con sus secuelas de vulnerabilidad social y pobreza, no podrá ser enfrentado con éxito hasta tanto se aborden las ideologías culturales que promueven el matrimonio infantil.

Consecuencias del matrimonio infantil
 
El matrimonio infantil es un fenómeno asociado a la pobreza no sólo respecto a sus causas sino también sus consecuencias, en tanto contribuye a la reproducción intergeneracional de la marginalidad y la exclusión. Recordemos que el embarazo adolescente es la segunda causa de deserción escolar en el país (ONE, 2008) y que su ocurrencia se vincula fuertemente al nivel educativo de la niña. Esto significa que, una vez la niña abandona la escuela para dedicarse al rol de esposa y madre, tiene muy pocas posibilidades de generar sus propios ingresos, pasando a depender totalmente del esposo. Si se ve obligada a trabajar por ausencia del proveedor masculino, sus posibilidades de inserción laboral quedan reducidas a las ocupaciones de más baja remuneración, lo que conduce a la perpetuación de la pobreza tanto de la mujer como de sus hijos.
 
Las consecuencias del matrimonio infantil en la salud son numerosas y preocupantes. Es previsible que la intensificación de las desigualdades en la relación de pareja debido a la diferencia de edad y la dependencia económica de la niña incremente su riesgo de sufrir violencia. En efecto, según la ENDESA 2013, el grupo de edad de 15-19 años presenta los mayores índices de violencia física, sexual o emocional de parte de su pareja, y sus maridos exhiben la mayor cantidad de comportamientos controladores.
 
Las mujeres que establecen relaciones de pareja a edades tempranas suelen tener un mayor número de hijos debido a que incrementan el número de años de fecundidad, pero también porque presentan las tasas más bajas de uso anticonceptivo. En efecto, según la ENDESA 2013, las adolescentes de 15-19 actualmente en unión marital presentan la tasa de uso anticonceptivo más baja de todos los grupos de edad (55% contra el promedio general de 72%), así como la cifra más alta de necesidad insatisfecha de anticonceptivos (27% contra el promedio general de 11%).
 
El embarazo en las niñas puede tener graves efectos por falta de madurez física y de cuidados adecuados, sobre todo entre las menores de 15 años. A nivel mundial, el embarazo adolescente y las complicaciones del parto constituyen la segunda causa de muerte para las niñas de 15-19 años, y las menores de 15 años tienen 5 veces más probabilidades de morir que las mayores de 20 años (IPPF, 2007).
 
Además, las disparidades de poder en las relaciones de pareja de las niñas incrementan su riesgo de contraer el VIH, al reducir su capacidad para negociar el uso del condón. En muchos casos, las niñas no conocen el historial sexual de su pareja, no tienen acceso a preservativos y no están suficientemente informadas. En consecuencia, las jóvenes de 15-24 años alguna vez casadas o unidas presentan la mayor prevalencia de VIH en el país (ONE 2012).
 
En conclusión, el matrimonio infantil es uno de los obstáculos principales al desarrollo y a la reducción de la pobreza. Es una problemática transversal, que impidió lograr varios de los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) en los últimos 15 años; no solo metas para alcanzar la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer, sino también para la erradicación del hambre y el logro de la educación primaria universal. Sobre todo, tuvo impacto directo en los ODM vinculados a la salud: la reducción de la mortalidad infantil no se puede lograr si persiste el embarazo de adolescentes; la salud materna no puede mejorar si los riesgos de mortalidad y enfermedad son muy altos en las adolescentes embarazadas; la erradicación del VIH será imposible mientras persistan las condiciones que generan la alta prevalencia entre las niñas y mujeres más jóvenes.
 
En el 2015, la comunidad internacional incluyó la eliminación del matrimonio infantil como meta 5.3 del objetivo 5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, lograr la igualdad de género y empoderar a las mujeres y niñas. Esta meta debe guiar las políticas públicas sectoriales para que a través de alianzas entre gobierno y ONGs, se erradique esta práctica dañina para la vida de millones de niñas a nivel mundial.