Todavía había sangre en las escaleras que llevan al departamento de esta familia francesa, que prefirió mantenerse en el anonimato, cuando los visitamos la tarde del domingo. Tenían encendidas algunas velas, y todo parecía en calmo en el edificio donde, 48 horas antes, a las 22:05, el horror se metió en sus vidas.

“Estábamos viendo el partido de fútbol entre Francia y Alemania cuando sonó el timbre”, dice François, el padre.

“Nunca esperamos a nadie a esa hora”.

Se supone que el edificio es una fortaleza inexpugnable, protegida por cuatro códigos digitales para las puertas.

“En el descansillo, pudimos oír gente llorando, pidiendo ayuda”, dice Alice, de 10 años.

Marie, la madre, agrega: “Vi por la mirilla de la puerta y abrí. Diez personas cubiertas de sangre, en pánico, entraron al departamento”.

La persona más vieja del grupo tenía más o menos 30 años. “Mathilde, Frédéric, Jenny y su marido irlandés, y todos los demás habían arrancado desde Le Bataclan”; el teatro está a 300 metros de distancia.

¿Cómo habían llegado hasta ahí?

“Forzaron la puerta de entrada, siguieron a un residente y llegaron hasta el último piso.

Todos pensaban en estar lo más lejos posible de la escena de horror”. Véronique, la vecina, también presente esa noche con su familia, añade: “El irlandés había recibido un disparo en el pie. Con mi marido, que es médico, le dimos asistencia”.

Marie continúa: “Ellos realmente querían ver en la televisión qué estaba pasando”. Así, la familia se enteró de la sangrienta masacre que estaba pasando en su vecindario, mientras su casa se convertía en un hospital de emergencia.

“Traje algunos colchones de mi casa”, dice Véronique. El refrigerador estaba vacío, pero Frédéric comió un poco de pan, una banana, no mucho. “Nadie tenía hambre”, recuerda la pequeña Alicia. Sobre todo porque el chico más joven del grupo todavía esperaba escuchar noticias sobre sus dos amigos que también asistieron al concierto.

Después sabría que uno de ellos había sido alcanzado por un disparo en la cabeza y estaba en serio peligro.

“Todos revisaban sus teléfonos de forma frenética, dando noticias, intentando obtener alguna”, dice Marie. “El irlandés seguía sangrando y se nos habían acabado los vendajes”, recuerda Véronique.

Se suponía que la ambulancia llegaría en una hora, pero nunca llegó. François decidió “llevarlo en su auto al hospital de Saint-Antoine”, donde sigue internado.

Mientras, Alice estaba intentando entretener a sus inesperados huéspedes, cantando con ellos. Marie explica: “Mathilde llegó al concierto por su cuenta.

Estaba en el lado izquierdo del lugar. Escuchó unos ruidos que identificó como disparos y entró en pánico cuando una mujer dijo que su esposo estaba sangrando.

La salida de emergencia estaba bloqueada por equipamiento técnico, así que tuvo que rodear el escenario para poder salir”.

Mientras arrancaba, se fue encontrando con otras personas que estaban igual de asustadas. “Estaba un poco aturdida. Le di un sedante”, dice Véronique. “Y le lavamos sus zapatillas porque estaban llenas de sangre”, agrega François.

El grupo se resguardó en el departamento hasta la mañana siguiente. Todos tomaron un desayuno improvisado antes de que los “huéspedes” se fueran a sus casas.

Frédéric ya era capaz de volver a su casa, en Eure el Loire, un departamento al suroeste de la región de París. Había ido a la ciudad al día anterior para celebrar su cumpleaños en Le Bataclan.