Los tentáculos de la corrupción que se investiga en Brasil se extienden a otros países latinoamericanos.

En Perú, el lunes pasado llegó hasta Palacio de Gobierno, al revelarse que la Policía Federal brasileña investiga posibles vinculaciones del presidente Ollanta Humala con el caso Lava Jato. Específicamente, la hipótesis de que la empresa Odebrecht le entregó US$3 millones en abril del 2011, pocas semanas antes de que iniciara su mandato.

De hecho, ayer se supo que en Ginebra (Suiza) había sido detenido el ejecutivo brasileño Fernando Miggliaccio da Silva, supuesto encargado de Odebrecht para realizar estos pagos, mientras hacía movimientos en las cuentas que maneja en bancos suizos. En los próximos días debe ser extraditado a Brasil.

Desde Lima, Humala ha negado cualquier vinculación con Lava Jato y convocó al embajador de Brasil en el Perú, Marcos Raposo Lopes, para manifestarle personalmente su rechazo a estas versiones. Como era de esperarse, Odebrecht también negó en un comunicado la entrega de dinero al presidente peruano. Pero las sospechas siguen vivas y no se limitan solo a Humala.

En los últimos años, Odebrecht ha sido la principal ganadora de licitaciones para obras públicas en el Perú. Su buque insignia ha sido la Carretera Interocéanica –megaproyecto que une el Pacífico con el Atlántico desde el sur peruano hasta Sao Paulo pasando por Bolivia–, y ha trabajado no solamente durante la gestión de Humala, sino también en las de sus dos antecesores en Palacio, Alejandro Toledo y Alan García, prácticamente desde inicios de este siglo. La misma empresa maneja obras importantes en la capital peruana, tras haber ganado licitaciones convocadas por los últimos alcaldes de Lima, Susana Villarán y Luis Castañeda.

Tan fuerte ha sido la presencia de Odebrecht en Perú en los últimos años, que incluso la empresa regaló el 2011 a la ciudad de Lima un monumento  frente al mar, una réplica del Cristo de Corcovado de dudoso valor estético que se ilumina durante las noches con luces de diferentes colores. El ingenio popular, de inmediato, bautizó el tal monumento como el “Cristo de lo Robado”, aludiendo a los rumores de corrupción que se vocean desde hace años.

En paralelo a la creciente presencia de capitales brasileños en obras públicas peruanas –y las sospechas apuntan a que no es simple coincidencia–, también ha ingresado en las elecciones un exitoso asesor de campañas brasileño: Luis Favre. Este señor manejó la campaña que llevó a Humala a ser elegido el 2011 (moderó su mensaje radical y cercano al chavismo por una versión más edulcorada que se acercaba a la centroizquierda) y también asesoró con éxito a la alcaldesa Villarán el 2013.

Este año –los peruanos elegirán nuevo presidente el próximo 10 de abril– la suerte no parece sonreírle igual a Favre: ahora maneja la campaña de César Acuña, un cuestionado propietario de universidades que ronda solo el 5 % de intención de voto y con tendencia a la baja. El mismo Acuña reconoció la semana pasada, que ha sido “un despilfarro” pagarle millón y medio de soles (poco menos de medio millón de dólares) a Favre por esta campaña.

No vaya a ser que en las próximas semanas termine como Joao Santana.