Miles de haitianos permanecen en albergues desde el lunes, cuando fueron evacuados por las autoridades de sus precarios hogares en las zonas más vulnerables a la acción del huracán Matthew, principalmente en las regiones sur y suroeste del país.

Muchos son conscientes de que, de no haberse refugiado en los lugares habilitados para ello, sobre todo colegios, probablemente no habrían salido del trance con vida, que es lo único que le queda a la mayoría tras el paso del fenómeno.

Al menos ese es el testimonio de aquellos que permanecen en el Liceo Jean Claudí Muzo, en Les Cayes (Departamento Sur), unas 150 personas que lo perdieron todo en el huracán, y que ya no tienen a donde ir.

Tampoco tienen qué comer y qué beber, explican a través de Albert, el hombre que traduce sus lamentaciones.

Cuando los acomodaron en estas instalaciones les dejaron un contenedor de agua con capacidad para 5.000 litros y arroz, pero nadie ha vuelto por allí desde entonces.

Los víveres se terminan y el hambre y la sed empiezan a hacer mella entre los albergados; más de la mitad son niños y, entre los adultos, hay un elevados número de discapacitados, sobre todo invidentes y mutilados.

Al igual que el resto de la ciudad, el liceo, ubicado a las afueras de Les Cayes, no cuenta con electricidad; aquí ni siquiera hay un generador para tener luz por las noches, un recurso reservado a los pocos que pueden permitírselo, principalmente hoteles, gasolineras y supermercados. Hasta la Policía está a oscuras.

Es inevitable que quien visita estos albergues se vea abordado por decenas de personas que piden agua y comida. Los niños muestran más interés por esos desconocidos y sus cámaras de fotos despiertan auténtica fascinación.

Las voces y risas infantiles llenan de vida un recinto donde, más que vivir, se sobrevive, y con sus juegos y travesuras aportan algo de alegría, casi tan necesaria como el agua y el alimento en ese lugar.

Alejada del alboroto que crean niños y mayores busca tranquilidad la madre de un niño de pocos días de vida.

El pequeño Paul llegó al mundo poco antes de que Matthew viniese a arrasar su hogar, obligando a su madre, Marcella, y a sus cuatro hermanos a instalarse en el colegio y permanecer allí indefinidamente.

La expresión de paz de esta mujer contrasta con el revuelo que se organiza en el exterior por la llegada de una camioneta que, aparentemente, viene a acabar con el hambre de estas personas.

Un senador les envía arroz, aceite, pasta y conservas. El reparto convierte a los damnificados en la personificación de la avidez, provocando empujones por hacerse con la comida.

La misma situación se vive en otro liceo del centro de la ciudad, el Philippe Griellee, solo que ahí la gente está mucho más hacinada, puesto que el espacio lo comparten unas setecientas personas. Tampoco hay un responsable de la organización ni ha pasado ningún médico para atender a las personas enfermas.

La preocupación de algunos por el futuro de sus hijos es más que evidente y les lleva, incluso, a ofrecer a sus retoños para que se los lleve alguien que pueda darles una mejor vida, ya que ellos, sus padres, no tienen nada que ofrecerles.

La dramática estampa de los albergues es solo una parte de lo que sufre Les Cayes, una de las poblaciones más afectadas por los efectos de Matthew.