El pueblo dominicano, ante las grandes decepciones o desgracias de la vida política, recurre a su proverbial inventiva. La frase cómica o el apodo picaresco es la salida favorita para canalizar la inconformidad hacia la actuación de cualquier figura pública poderosa. El blanco favorito de todos son los políticos o las instituciones públicas.

En esta crónica rescatamos la lista de apodos recopilados por Efraín Guerra Carbuccia en un artículo publicado en un diario de circulación nacional y la enriquecemos con otros apodos y un nuevo análisis sobre el posible significado que le daba el pueblo.

El inventario de estos sobrenombres muestra que la costumbre de motejar a las figuras públicas es de larga data y constituye el único recurso de juicio moral del ciudadano común sobre los encumbrados. 

En el siglo diecinueve, en plena España boba, llegó como nuevo gobernador de Santo Domingo, Carlos Urrutia y Matos. Los vecinos le apodaron Carlos Conuco porque obligaba a la gente a producir bienes agrícolas en contra de su voluntad. El pueblo acostumbrado a los extensos ocios de la ganadería extensiva se vengaba de la devoción agrícola del señor gobernador con este sobrenombre.        

Los líderes de la primera República también fueron diana de la creatividad popular. Pedro Santana, por ejemplo, fue llamado el Capitán Araña, porque tenía la costumbre de envolver a todo el mundo en la tela de su poder para devorarlos políticamente. A Buenaventura Báez, por su parte, el pueblo le llamaba Pan Sobao. Este alimento se caracteriza por tener un sabor dulce, una textura suave y una consistencia espesa. El presidente Báez era hombre de maneras dulces y trato suave, pero de carácter recio e implacable.

En la segunda República destaca la figura de Ulises Heureaux, le llamaban El Manco. El presidente Heureaux había perdido la movilidad de un brazo en un duelo. El pueblo aprovechó esta condición para indicar que la única mano móvil le servía para gobernar y para distraer en su provecho los recursos del Estado.

Entrado el siglo veinte, tenemos al presidente Horacio Vásquez. El dominio cuasi milagroso del espacio político que exhibió desde la muerte de Lilís le valió el mote de La Virgen de la Altagracia con Chiva. La capacidad de conceder favores y su honestidad lo elevaron en el altar popular.
En el caso del dictador Trujillo, en quien todo fue exagerado, llegó a ostentar dos sobrenombres: Chapita o El Chivo. Lo de Chapita se lo debía a su debilidad por el uso de incontables medallas. Lo del Chivo fue apodo ganado por sus incontables desvaríos de faldas.

Los grandes líderes de la democracia posterior a la muerte de Trujillo también lucieron sus apodos. Joaquín Balaguer era ampliamente conocido como el Doctor, la gente expresaba con este título su cultura enciclopédica y su gran capacidad de maniobra política. 

Juan Bosch, por su parte, era llamado El Profesor. El pueblo reconocía su gran memoria histórica y la capacidad de transferir conocimiento en un lenguaje entendido por todos.

En época más reciente tenemos a José Francisco Peña Gómez a quien le llamaban El Moreno; y como apodo negativo, para señalar algún defecto o mala inclinación, no podemos olvidar el de Jacobo Majluta, Gatobo. El pueblo asociaba así al dirigente político con la mala fama de los felinos.
La comparación felina, en una sociedad corrupta, goza de gran popularidad.

En la actualidad, el pueblo ha vuelto a utilizar la comparación gatuna para motejar a un dirigente con gran poder en las filas del Partido de la Liberación Dominicana, el ingeniero Félix Bautista. El pueblo le bautizó con el sobrenombre del Gato Félix.

El Gato Félix es un muy antigua dibujo animado que representa a un felino de pelaje negro, ojos saltones y amplia sonrisa. Fue el primer personaje animado creado para el cine. La popularidad todavía se mantiene en nuestra época. La dimensión de su influencia es tan grande que jóvenes, que nunca han visto un animado de este personaje, lo identifican. 

La similitud de nombre, el hecho de que es un gato y su capacidad de salir de los embrollos más surrealistas con la ayuda de su bolsa mágica llena de trucos hacen que el pueblo dominicano lo utilice para reducir su impotencia con la risa a costa de una figura política que luce intocable.