En noviembre de 2002 la vida de Aneuris García Falette casi escribe su epitafio. Sufrió un accidente automovilístico que lo dejó cuadrapléjico sin ninguna posibilidad de mover ni un dedo; su cabeza es la única extremidad que controla. Perdió a su madre en otro accidente y, pese a todo eso, nada le opaca las ganas de seguir porque el optimismo es su religión.

Aneuris estudiaba en la universidad estatal y se preparaba para ser un profesional exitoso, pero su misión de vida no era jugar, sino crear el juego. Hoy, después de muchas terapias de motricidad y psicología en la Asociación Dominicana de Rehabilitación (ADR), este joven es un ejemplo de superación al punto de convertirse en un gran conferencista motivacional.

De acuerdo a estadísticas de la ADR, alrededor del 12% de las personas que ingresan para rehabilitarse llegan después de tener algún tipo de accidente de tránsito. Cada año reciben 6,358 pacientes por esta causa. De las amputaciones, 670 fueron generadas por colisiones en vehículos con 328 que incluyen motocicletas.

En octubre de 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un informe donde daba cuenta que República Dominicana es el país con el índice más alto de muertes por accidentes de tráfico con 29.3 por cada 100 mil habitantes.  Al año mueren 1.25 millones de personas en el mundo por la misma causa, con el 90% en los países subdesarrollados.

Un mes antes de ese informe, el director Nacional de Salud, Ramón Alvarado, reveló que el Estado gasta cada año 50 mil millones de pesos atendiendo pacientes politraumatizados (accidentes). De acuerdo con la Autoridad Metropolitana de Transporte unas 3,000 personas salen con lesiones permanentes por las colisiones.

En la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (EnHogar 2013) sale a relucir que 708,507 dominicanos padecían algún tipo de discapacidad. De esos hay 268,594 ciegos; 228,808 discapacidad motora; 165,792 se les refleja al levantarse y 150,397 con discapacidad intelectual. El 66% del total no recibe oportunidades de empleo.

Son muchas las personas con discapacidad que carecen de un oficio digno y que presentan escasas posibilidades de insertarse en labores de crecimiento profesional. Para eso en la ADR funciona el Área de Terapia Ocupacional, donde ayudan a los pacientes para que logren la mayor autonomía dentro de sus posibilidades. También está la Escuela de Educación Especial Dr. Jordi Brossa, que ofrece servicios a infantes con deficiencias cognitivas y motoras.   

Martín de Salas es terapeuta ocupacional y precisa que cuando el paciente llega al centro le hacen una evaluación para determinar la complejidad de su condición especial y enviarlo al especialista interno que mejor atención pueda darle. Usan mucho el juego y estimulación de los sentidos para motivar a los niños, sobre todo los que presentan deficiencias cognitivas.

Solo el año pasado la ADR atendió a 52,987 personas con algún tipo de limitación física o intelectual. Su presidenta, Mary Pérez de Marranzini, apunta que gracias a la labor altruista de su equipo lograron dar servicios a 15,684 pacientes con algún tipo de discapacidad, destacándose 233 que recibieron formación técnica vocacional.

Educar por amor

En educación especial tienen 1,102 infantes que van desde los tres hasta los 18 años. Son ocho escuelas distribuidas en Santo Domingo (428), Santiago (295), San Cristóbal (152), Puerto Plata (88), San Francisco de Macorís (54), Guerra (44), San Pedro de Macorís (27) y Azua (14). La directora Belkis Taveras señala que la mayoría de estudiantes son de escasos recursos.  

“Más del 65% de los tutores de nuestros niños no pagan las cuotas establecidas por falta de recursos; hay familias que traen a sus hijos y no tienen ni pasaje para regresar a sus casas. Los pagos llegan hasta RD$4,000 porque nuestro servicio es completo, pero los que pagan no llegan ni al 15%. La mínima son RD$550 y es donde los parientes más aportan”, detalla.

Los niños que llegan a la escuela de la ADR presentan síndrome de down, deficiencias cognitivas, autismo, accidentes cerebro vasculares (ACV) y problemas conductuales. Para poder lidiar con tantas variables, Taveras dice que utilizan metodologías vinculadas al constructivismo para que sean protagonistas de su propio aprendizaje y se vinculen entre sí.  

Uno de los objetivos del plantel es prevenir o minimizar los efectos secundarios provocados por un daño o una situación de alto riesgo biológico, neurológico y/o ambiental, en las etapas del desarrollo infantil, potenciando la felicidad del niño e implementando los mecanismos de compensación para la adaptación e integración social, familiar y escolar.

“Nuestros facilitadores son especialistas eneducación especial, la mayoría con basta experiencia en psicología y atención temprana. Son dos maestros por aula, cada espacio con no más de 12 estudiantes para individualizar la atención y lograr mejores resultados. Buscamos explotar cualquier talento que refleje el infante y ya tenemos hasta un cuerpo de baile y música”, contó la directora con el orgullo rebosante que deja el deber cumplido.

Son tres niveles: inicial, básico y ocupacional. En el primero exploran la socialización del menor, en el segundo la destreza y en el tercero la inserción laboral y vida diaria. Incluso son los mismos niveles para los adultos mayores que presentan condiciones especiales, sobre todo después de sufrir algún episodio de apoplejía.

La educadora Carmen Cassó confiesa que siempre le ha gustado trabajar con niños especiales “porque suelen ser muy alegres; aquí hay una magia, es un mundo de fantasía y colores. A veces hay dificultades, pero se superan con creatividad. En verdad, tenemos que ser niños de nuevo para sintonizar con ellos y eso nos alegra la vida”.

Uno de los padres orgullosos del trabajo de la ADR es Ramón Guerrero. Lleva nueve años siendo miembro del voluntariado, el mismo tiempo que tiene su hijo recibiendo terapia cognitiva. “Antes mi hijo ni caminaba, ni hablaba, y tenía muchas convulsiones; hoy es autosuficiente y hasta practica natación.

Realmente no tengo cómo pagarle a este centro porque llegué muy depresivo, no aceptaba la realidad y me enseñaron a ser paciente, humilde y solidario”.

Ayuda a retazos

La ADR recibe anualmente unos 60 millones de pesos  de fondos estatales, pero esa cantidad no cubre los gastos generales ni de un trimestre, porque son 29 centros distribuidos en todo el país con más de 1,400 empleados y casi 53 mil pacientes atendidos cada año. Para lograr mantenerse a flote, la entidad recibe colaboración ocasional de terceros.

La directora de Relaciones Públicas, Arlene Reyes, entiende que han faltado iniciativas de las partes públicas y privadas, porque a diario tratan pacientes que no tienen con qué costear el pasaje y, en ocasiones, el Departamento de Trabajo Social se lo facilita. “En la ADR se cultiva el servicio solidario. Ninguna donación recibida queda sin otorgar beneficios a quienes los necesitan. La visión de nuestra fundadora es darlo todo por quienes necesiten”.

Propone que sería una buena idea que los empresarios locales decidan unirse al plan de apadrinamiento de la institución como parte de la responsabilidad social de empresas  criollas. “Si logramos que 200 empresarios apadrinen la misma cantidad de niños, las posibilidades de crecimiento y expansión de la escuela, así como el aumento de las inscripciones, serían palpables.

La ADR lleva más de medio siglo con la marcha indeleble del deber cumplido. Miles de personas se han rehabilitado, pero no tantas han logrado reinsertarse en el mercado laboral porque, además de la discapacidad propia, deben cargar con la dislexia social que los margina. Aneuris García pudo seguir, pero son muy pocos los que logran correr sin piernas.

Testimonio

“Llegué muy depresivo, no aceptaba la realidad y me enseñaron a ser paciente, humilde y solidario”. Ramón Guerrero, padre de un niño rehabilitado.

Accidentados

6,358 lesionados en accidentes de tránsito llegan cada año a la Asociación Dominicana de Rehabilitación.