Estefany se examinó en Lengua Española y salió preocupada porque reconoce que tiene debilidades con esa asignatura, sin embargo habla inglés, francés, créole y español con fluidez. A David le pasa algo similar, es un erudito en tecnología pero dice que no comprende las matemáticas. Wilyie no domina las Sociales aunque baila y canta con mucha destreza.

En el caso de Miguel no calcula bien el valor de X o Y en trigonometría, pero sabe cuál es la fuerza precisa que debe ejercer en el bate para sacar del parque una pelota a 85 millas por hora. Para mala suerte de estos adolescentes, las Pruebas Nacionales que recién llenaron no toman en cuenta esas habilidades, aunque por cualquiera de ellas se logra una vida exitosa.

Cuando se reintrodujeron las Pruebas en 1992, todavía en República Dominicana las computadoras eran escasas, no existían las redes sociales y mucho menos celulares inteligentes. La intención era tener un sistema nacional de medición cognitiva, pero en casi un cuarto de siglo los resultados marcan un Reprobado colectivo.

Estos tests se aplican en Lengua Española, Matemática, Ciencias Sociales y Ciencias de la Naturaleza a los estudiantes de octavo grado, cuarto de bachillerato y un tercer grupo que corresponde a los adultos. Una de sus debilidades es que son cuantitativos, ignoran las aptitudes y destrezas de cada alumno, al contrario de todas las corrientes pedagógicas de hoy.

Hace más de una semana 144,570 estudiantes de octavo grado se examinaron y aprobó el 80.34 %. Esto implica que por lo menos 24,500 alumnos tendrán que repetir la evaluación, y repetirla y repetirla… hasta que logren alcanzar un mínimo de 70 puntos. Se conocen casos de varios años repitiendo y otros que desistieron por cansancio o por vergüenza.

La directora de Evaluación y Calidad del Ministerio de Educación, Ancell Schécker Mendoza, confirmó que este año tomaron las pruebas 26,672 adultos que habían reprobado en por lo menos dos ocasiones. Otra vez tendrán que repetirla 4,268 que no lograron la puntuación mínima de 70 puntos entre el promedio escolar y el acumulado en las nacionales.

Como esta modalidad es la única con que cuenta el país para “medir” la calidad educativa, los organismos internacionales la asumen en sus mediciones. En el Informe de Competitividad Global (2014-2015) del Foro Económico Mundial, República Dominicana está en el puesto 138 de 144 naciones en educación básica y en el lugar 128 en la media.

El Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación nos ubica en último lugar a nivel regional con 448.7 puntos. Chile con 573.1 queda puntero. En el Octavo Concurso de Oposición Docente de 2014 casi el 60% de los “maestros” que fueron evaluados no logró alcanzar el nivel mínimo exigido para entrar formalmente al sistema educativo.

Una muestra de que la deficiencia está en todos los niveles se dio en el ranking de la firma Quacquarelli Symonds Ltd en 2015, donde presentaron las mejores universidades del continente americano. La academia local que mejor calificación sacó fue la Pontiíficia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) en el puesto 175 de 395. La Universidad Autónoma de Santo Domingo, con el 80 % de la matrícula nacional, aparece en el 310.

En los primeros años se presentaron debilidades en las Pruebas que incluían la compra de cuadernillos por parte de estudiantes y docentes para evitar la repetición del proceso, además del alto costo que tenía implementarlas. En 2014 la inversión en la primera convocatoria fue de 95 millones de pesos; en 2013 se acercó a los 80 millones.

Cuando Melaneo Paredes fue ministro de Educación intentó hacer cambios en las pruebas colectivas, pero los grupos empresariales que controlan la impresión y timbrado del papel se opusieron. Son muchos millones de pesos envueltos que quizás no respondan al interés genuino de la escuela, pero sí al de un colectivo de vasta opulencia y poder.

El maestro Paredes, titular de la Fundación Pensar y Crecer, reitera su convicción de que las Pruebas Nacionales deben ser readecuadas o, en su defecto, eliminadas. No le ve ningún sentido al formato implementado porque “no evalúa las competencias de los estudiantes ni los docentes, pero tampoco dice nada sobre la marcha del sistema educativo”. Es enfático en su crítica, aunque se quedó corto en sus años de ministro.

“Los modelos de aprendizajes más exitosos en el mundo están migrando a estrategias que aseguren que los estudiantes puedan mostrar las competencias y habilidades logradas en las diferentes disciplinas a través de la elaboración, junto a sus compañeros y maestros, que los vincula a su entorno y los habilita para sus proyectos de vida”, consideró el ex funcionario.

La directora del Distrito Educativo 10-06, Miguelina Alcina, entiende que las Pruebas Nacionales no miden las aptitudes de los postulantes porque limitan el conocimiento a cuatro asignaturas básicas y se obvian los logros en las otras asignaturas. “Quizá por eso no hemos logrado las metas propuestas, porque se margina el conocimiento”.

La también maestra desde hace 20 años adelanta que la intención del Ministerio de Educación es trabajar con los estudiantes por competencias, aunque las pruebas estandarizadas no midan eso. Confiesa que hay contradicción en el discurso y los hechos, pero la propuesta es mejorar la oferta educativa, incluyendo las Pruebas.

¿Qué se quiere probar?

Cuando Danilo Medina llegó al Palacio Presidencial en 2012 sus primeros esfuerzos fueron para destinar el 4 % del Producto Interno Bruto al sistema educativo. Se firmó un pacto nacional y de inmediato comenzaron los cambios: más aulas, tanda extendida, estancias infantiles, capacitación colectiva de docentes, más ingresos y hasta una República Digital.

Con la implementación de las pruebas estandarizadas se busca, en cierta forma, tener un referente nacional sobre los saberes. Sin embargo el conocimiento es tan dinámico que la vigencia de una teoría suele durar menos que el tiempo en formularla porque “el conocimiento está en la nube y los estudiantes no necesitan memorizarlos, sino razonarlos”, sentencia la doctora en educomunicación Helen Hasbún.

“Ese dinero que se gasta en las Pruebas pudiera reinvertirse en la capacitación docente, porque hay programas como Prepara que necesitan maestros calificados. Con la inversión del 4 % y las tantas escuelas que hay, mucha gente quiere estudiar educación, no por vocación, sino por un interés económico, lo que conlleva a que tengamos educadores mal formados y sin la capacidad necesaria”, confesó Miguelina Alcina.

Se sabe que mientras más estudiantes reprueban en un centro determinado, más reclamos de las autoridades recibe la administración del plantel. Entonces, lo que muchas veces se adopta es dar un refuerzo un mes antes a todos los postulantes a las Nacionales; sin embargo, lo que pudiera funcionar sería cambiar de metodología, adoptar nuevos formatos y reforzar en todos los cursos para evitar la presión posterior.

Helen Hasbún plantea que se requiere un cambio de modelo educativo y dar los primeros pasos hacia la educomunicación con la implementación de las tecnologías de la información y la comunicación. Se arriesga en proponer pruebas virtuales que permitan un ahorro considerable de recursos, agilidad en el proceso y más transparencia. “Por un lado se habla de República Digital y por el otro estamos en la imprenta de hace 500 años y el carbón”.

La especialista en “elearning” vislumbra un sistema educativo incluyente, progresivo y amigable para sus participantes, sobre todo porque los saberes evolucionan a diario. Esa misma idea la secunda Alcina cuando señala que los libros cambian constantemente, pero se le exige a un estudiante que recuerde cuatro años de contenido en tres horas, y se caen.

“Si los maestros trabajamos bien en las aulas, creo que no se necesitan unas pruebas porque conocemos a los estudiantes y sabemos lo que han hecho en su trayecto. Hay muchos factores que pueden influir el día del examen para que un adolescente se queme, pero eso no quiere decir que sea malo. Sin embargo, para el sistema sí lo es”, reflexiona.

Al juicio del exministro Paredes, para que unas pruebas funcionen deben evaluar de forma individual las competencias de los estudiantes, “no tienen que ser pruebas genéricas o estandarizadas, podrían ser referidas a cada proyecto de grado, lo cual implicaría  un mayor compromiso con la calidad del proceso educativo de maestros y familias”.

De acuerdo con el teórico Edgar Dale en su Pirámide de Aprendizaje, la forma menos eficiente de enseñar es mediante la repetición de contenido porque el estudiante asume una postura pasiva; la de mayor ventaja es hacer (construir conocimiento) y enseñar a otros mientras se practica el material porque los protagonistas se involucran de lleno con la actividad. Las conversaciones o debates están en el medio junto con la demostración visual.

Hasbún propone mantener un formato de pruebas donde se pueda medir el nivel de los estudiantes, cambiando el enfoque cuantitativo y asumiendo paradigmas educativos que incluyan las TICs. Paredes plantea eliminar cualquier examen que no mida capacidades individuales y Alcina se inclina por mejorar lo existente hasta que llegue la nueva oferta curricular.

¿Y los estudiantes? A ellos el sistema no les pregunta. Nunca lo ha hecho.

El peso en la calificación

Las Pruebas Nacionales aportan el 30 % del acumulado total del estudiante; el otro 70 % se consigue acumulado en el centro educativo, lo que en total sumaría 100 puntos. La mayoría de estudiantes que reprueba el curso es porque arrastra un promedio mediocre desde el aula, o por lo menos no llega a un 50 del 70 que es lo mínimo para ir sin complicaciones.

Proporción

24,500 Estudiantes de octavo grado tendrán que repetir las Pruebas Nacionales más recientes, hasta lograr obtener el 70% como mínimo.