El Senado brasileño destituyó a la mandataria Dilma Rousseff por 61 votos a favor y 20 en contra, en una decisión que también confirma como presidente de Brasil a Michel Temer, quien seguirá en el poder hasta el 1 de enero de 2019.

La decisión supone el fin de un trámite que comenzó en diciembre pasado en el Parlamento y fue supervisado en cada uno de sus pasos por la Corte Suprema, como garante constitucional de un juicio que Rousseff, condenada por graves irregularidades fiscales, califica de “golpe”.

Lejos quedaron los días del milagro socioeconómico que inició el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), padrino político de Rousseff, que sacó a 29 millones de personas de la pobreza y al país del mapa de hambre de la ONU.

La crisis económico-política se entrelazó con un escandaloso fraude que drenó más de 2,000 millones de dólares de la estatal Petrobras.

Aunque salpica a todas las fuerzas políticas, el escándalo conocido como Lava Jato terminó por cercar al Gobierno. Y también empañó la imagen del político mejor valorado por los brasileños, el expresidente Lula, en la mira por  obstrucción de la justicia y corrupción.

Brasil aparece en el puesto 76 del Índice de Percepción de Corrrupción de Transparencia Internacional, sobre un total de 168 países. De hecho, más de la mitad de los 81 senadores que juzga a Rousseff están investigados o fueron acusados por causas de corrupción.

Rousseff deja la presidencia con una aprobación en mínimos históricos y con un gobierno golpeado por el megaescándalo de corrupción en la estatal Petrobras, por el que fueron arrestados varios políticos de su partido y por el que el propio Lula está en la mira de la justicia.

Qué lejos quedó el Brasil de hace seis años, cuando Dilma recibió la banda presidencial y heredó la abrumadora popularidad de su padrino y un país pujante, reconocido como una de las economías emergentes más importantes del globo y un modelo de cómo reducir la pobreza.

Tomó el gobierno de la mano de Michel Temer, el compañero de fórmula que asume ahora el poder de Brasil, poniendo fin a una era de 13 años de izquierda con el Partido de los Trabajadores (PT) en el gigante sudamericano. A Dilma no le tiembla la voz cuando asegura que fue blanco de un “golpe” liderado por este político conservador de 75 años, devenido en su más acérrimo enemigo.

El “impeachment” es la “elección indirecta de un gobierno usurpador”, zanjó en su último discurso como presidenta esta mujer, hija de un inmigrante búlgaro y una maestra de escuela.