En una casa pintada de atardecer, del sector Los García del kilómetro 22 de la Autopista Duarte, vive Juana María Ramírez Soriano, “Tércida”. Junto a ella, su esposo, dos gatos y dos gallos que a las 2:00 de la tarde cantan como si despertaran a la mañana.

Del estante de esta señora de 51 años, adornado con tres flores artificiales y una Biblia, cuelga un macuto lleno de recuerdos. Dentro tiene tres calabacitas de higüero (vasos) elaborados por ella misma, una pipa, un disco de vinilo, objetos de su abuela y un CD de una prima que murió en un accidente.

Tércida, nacida en Loma de Maimón de la provincia Valverde-Mao,  aunque no fue a la universidad, ha realizado cursos técnicos. La falta de recursos no limitan su creatividad pero sí las herramientas que le permitirían realizarse como la modista que es.

“A veces lo económico no te ayuda a ti a poner un negocito, porque lo que se consigue diario nada más da para comer”, destaca.  

Las condiciones de vulnerabilidad en la que vive Tércida han sido el mejor alimento para su creatividad. Monta bicicleta y ama las manualidades.

Su sala está decorada con dos hojas de maquinilla 8 ½ por 11 que tienen plasmados dos historias bíblicas: Sanzón luchando contra el León y la mujer de Lot convertida en estatua de sal.

En su cocina,  una greca que dejó de funcionar y que pintó de azul  y adornó con escacha verde, guarda los limones y cebolla que consume toda su familia.

Tércida, madre de tres hijos que ya abrieron las alas, abuela de diez nietos y dos bisnietos, tiene un comedor sin sillas.

Debe 18 mil pesos de luz que no sabe de dónde va a pagar y tiene dificultades para que le llegue el agua, porque en la comunidad hay unos cuántos que cuando las autoridades envían el líquido, se encargan de obstruir las tuberías para que los residentes de esta zona se vean en la necesidad de pagarles para adquirirla.

De los ojos de esta señora sale la melancolía convertida en lágrimas. Desconoce la respuesta que responde a con qué dinero resuelven sus emergencias de salud.

“A veces podemos acostarnos sin comida”, dice.

“La providencia de Dios” es su refugio más cercano cuando los 350 pesos que gana su esposo de 50 años, dedicado al “motoconcho”, no le alcanzan más que para comer lo del día a día.

La pareja, con ocho años de matrimonio, vive sin seguro de salud. Se saben “desempleados por la edad” y se alientan con pensar que aunque a su familia no le llega ninguna ayuda del Gobierno “hay otros en igual condición que sí la reciben”.

A 25 kilómetros del centro de la ciudad se encuentra Pedro Brand, un municipio, –reconocido así desde hace 10 años– que se quedó perdido en el tiempo y los escombros.

En él viven 74,016 habitantes (según el censo del 2010) que pertenecen a la provincia Santo Domingo, que figura en el lugar 17 en el índice de desarrollo humano, en la lista de 32 provincias, divulgado ayer por el PNUD.

En la entrada, decenas de vallas con candidatos que de manera anticipada realizan su campaña política.

Ropas tendidas con cordeles, niños que llegan de sus escuelas y otros que andan descalzos, sin un rumbo aparente.

Un joven en el parque, que mira la hora en su celular, y que parece esperar aquello que quedó por llegar.

Quizá la oportunidad, quizá la vida, quizá los sueños.