Washington es una capital como cualquier otra de occidente: a las ocho de la mañana es todo tacos. La ciudad que en cinco semanas más será el centro del mundo, amanece llena de autos y oficinistas, en su mayoría blancos, pero también gente “de color”, que corren para cumplir sus horarios.

Los latinoamericanos, que son el 9 % de la población de la ciudad, poco más de 600,000 habitantes, trabajan en la construcción y en la remodelación de calles, haciendo el trabajo que ningún blanco quiere hacer. Como en todas partes del mundo, los inmigrantes económicos cuando no los mueve alguna compañía en particular, trabajan en lo que los locales no quieren hacer.

Los edificios administrativos ocupan casi todo el centro de Washington. Son enormes, de estilo grecorromano, pero sus fachadas impresionantes no dejan adivinar por dónde se saca la basura. El llamado “National Mall” no es un centro comercial, sino una explanada enorme que se extiende entre el Capitolio y el Memorial Lincoln.

Este lugar, donde alguna vez Forrest Gump se reencontró con Jenny, es el que concentra todo el simbolismo histórico del país. A sus alrededores, todos los edificios administrativos conforman la Roma moderna: esto no es más que un foro, pero multiplicado. Enorme, casi exagerado. Muy a la estadounidense.

Como para Hillary Clinton y para Donald Trump, la Casa Blanca es un palacio a lo lejos. Custodiada por varios cordones de policías con fusiles de última generación en mano, su seguridad contrasta con la del Capitolio: caminando puedes llegar a los pies de la cúpula más grande de Estados Unidos. La policía, relajada, se toma el tiempo de conversar hasta de política. “No voy a decir por quién voy a votar” dice uno de ellos.

La sensación es extraña. Después de un fin de semana que los medios de comunicación más importantes de Estados Unidos no han dudado de calificar como “terrorífico” por los ataques en Nueva York y Minesota, cualquier persona puede llegar caminando al Capitolio y pasearse por los edificios emblemáticos. Eso aumenta la impresión de estar siendo observado.

Democracia de exportación

Como todo producto de exportación, Estados Unidos manda afuera el modelo ideal pero vive su propia crisis interna, y es de identidad. Los inmigrantes que han llegado desde hace décadas, tuvieron  hijos estadounidenses que crecieron y se transformaron en “millenials latinos”, “millenials africanos”, “millenials asiáticos”, la generación de la igualdad. Incluyendo los “millenials blancos”, son el 31 % del electorado estadounidense y la mayoría no está votando por los políticos tradicionales porque no se sienten identificados.

No adoptan sus consignas ni tratan sus temas de interés, explica Steven Olikara, fundador y presidente del Millenial Action Project, organización nacional sin fines de lucro dedicada a impulsar a jóvenes con intereses políticos.

Ni Hillary Clinton ni Donald Trump han sido capaces de atraerlos, aunque los temas políticos sí forman parte de sus intereses, como explica Jessica Dahl, directora de Brigade Media, una red social creada en 2015 con el objetivo de generar un espacio de debate político para los jóvenes.

La cifra

31 % del electorado estadounidense es millenial