Hace dos semanas estuve en Dallas, Texas, cubriendo la investigación sobre la balacera en la que murieron cinco policías a manos de un francotirador cuando vigilaban una marcha pacífica en protesta por las muertes de dos hombres negros en los estados de Luisiana y Minnesota.

Como parte de nuestra cobertura para CNN en Español, transmitimos Mirador mundial, el programa que presento, desde las afueras del cuartel general del Departamento de Policía de Dallas.

Algunos de los hechos de los que fui testigo me dejaron profundamente conmovido.

Cuando estaba a punto de iniciar mi programa del domingo, vi una familia mexicana compuesta por un padre, una madre y una niña pequeña, que no podía tener más de siete años. Con la anuencia de los padres, la niña se le acercó a un oficial de la Policía, le entregó una tarjeta y le dijo “gracias”.

Más tarde también vi cómo una mujer de mediana edad se le acercó a una mujer policía y sin ningún preámbulo le dio un fuerte abrazo que duró por lo menos medio minuto. Al final, viéndola directamente a los ojos, le dio el pésame por los policías caídos, le agradeció su labor y se despidió con palabras de aliento.

Escenas similares se repitieron durante los tres días que me tocó estar en ese lugar. Eran jóvenes y viejos, ricos y pobres; blancos, negros, asiáticos e hispanos con una misión: decirles a los oficiales de la Policía de Dallas que los acompañan en su dolor, que están con ellos y que su labor vale mucho.

Poco a poco la gente elaboró un improvisado monumento a los policías que cayeron abatidos por las balas del francotirador Micah Xavier Johnson, un reservista del Ejército de Estados Unidos quien aparentemente actuó motivado por el odio contra la raza blanca y contra los policías en general.

Al principio, había dos patrullas de la Policía con ramos de flores encima. Para cuando llegué al lugar, unas 36 horas después de la balacera, la gente había llevado tantas flores, globos, ositos de peluche y tarjetas que ya era imposible ver las patrullas debajo de esa montaña de objetos para honrar la memoria de los policías.

En nuestra cobertura en Dallas también tuve la oportunidad de entrevistar a la familia del oficial de origen mexicano Patricio Zamarripa, de 32 años, uno de los cinco policías que murieron. Su madre, Valerie Zamarripa, de 54, me dijo que la muerte de “Pat” es especialmente difícil por varias razones.

Patrick, como lo conocían sus compañeros de la Policía de Dallas, hubiera cumplido 33 años el 15 de agosto, era padre de una niña de apenas dos años y estaba a punto de casarse con Kristy, su novia de mucho tiempo y madre de su hija.

Pero cuando le pregunté a Valerie qué sentía contra el hombre cuyas balas habían segado la vida de su hijo, su respuesta fue pena por su familia. “Esa familia también está sufriendo la pérdida (de un hijo)”, me dijo.

Las palabras de esta madre y las escenas de apoyo y solidaridad de las que fui testigo me llevan a una conclusión: el francotirador fracasó. Quería levantar una insurgencia contra las fuerzas del orden, pero solo logró que la gente se diera cuenta de lo importante que es la labor de la Policía. Quería destruir, pero ahora el país entero está construyendo una nueva era de relaciones con oficiales de la ley a partir de las cenizas que dejó el fatídico ataque del jueves 7 de julio.

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“Poco a poco la gente elaboró un improvisado monumento a los policías que cayeron abatidos por las balas del francotirador Micah Xavier Johnson, un reservista del Ejército de Estados Unidos, quien aparentemente actuó motivado por el odio contra la raza blanca y contra los policías en general”.