Ya lo dije una vez, si un gallero empeña su palabra frente a otro en una apuesta, no importa el volumen de la misma, probablemente estemos frente a un acuerdo respetable. En los compromisos políticos las cosas son distintas. Nunca hay garantía de que lo prometido sea honrado.

Ya la gente acepta como normal que un político mienta, que rompa sus promesas al día siguiente de haberlas formulado. Nadie piensa en la sanción moral.

El incumplimiento se toma como habilidad o destreza. Lo que en el resto de las actividades de la vida se califican acciones deshonestas en política se consideran conductas generalmente aceptables. Nadie las juzga ni las sanciona y al final quienes las practican son “hábiles triunfadores” mientras que los que tratan de actuar apegados a los principios y a las reglas que rigen sus organizaciones terminan siendo “perdedores.”

Se necesita que un ejército de “perdedores” se levante un día unido y asido a la verdad y la moral y expulse a patadas a los farsantes y simuladores de las organizaciones políticas, culturales, deportivas y sociales para que ya no prime más la mentira y el chantaje que ha copado esas instituciones y que luego trasplantan al Estado cuando sus partidos alcanzan el poder.

Felipe Mellizo, un periodista y escritor argentino, ha logrado en un apretado manual titulado “El lenguaje de los políticos” descodificar con inteligencia el lenguaje de los dirigentes políticos, poniendo al descubierto cómo estos retuercen las palabras para hacer creer que dicen lo que al final no tienen intención de decir.

Creo que puede haber un ejercicio serio y honesto de la actividad política y que además es necesario, pero la práctica de hoy anda lejos de ese objetivo.