Nuestro país se confirma como atleta de clase mundial en materia de corrupción. Estamos fuera del medallero, pero ocupamos una posición de vergonzosa relevancia.

El quinto de América Latina y octavo del mundo. La reacción fue la acostumbrada justificación o la indiferencia. El país no puede seguir ignorando este crecido árbol de ramas torcidas.

El dicho presagia que nunca se enderezan. Las opciones disponibles son podarlas o cortarlos de raíz. La sierra de la justicia tiene los dientes embotados por la impunidad.

El árbol de la corrupción se mantiene firme y con su maligna sombra tapa el sol de la prosperidad.

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