El largo camino por la igualdad de género en la participación política llegó a un destino con alto valor simbólico con el triunfo de Hillary Clinton. El hecho potencial de una mujer candidata y presidenta de la primera potencia mundial es una vuelta de tuerca de la historia.

La persona que lo logró no necesitó, y mucho menos pidió, ninguna concesión especial por su condición de mujer. La difícil confrontación con un candidato de gran popularidad engalana el logro con ropajes épicos.

La “América morena” había dado ejemplo. La brecha injustificable de la desigualdad de género se cierra para siempre.

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