La fértil imaginación de técnicos y políticos encuentra siempre una manera nueva de nombrar lo viejo. La pobreza ahora es vulnerabilidad. El vulnerable es un pobre que no sabe que lo es.

La llegada de un ciclón, una sequía prolongada o una contracción de la economía bastan para que la falsa sensación de no pertener al ejército de pobres se derrumbe.

La artificial frontera de los dos dólares encubre la miseria. Digámoslo sin rodeos: un país con casi el setenta por ciento de sus trabajadores ganando menos de quince mil pesos vive en la pobreza. Cambiar palabras, no cambia realidades.  

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