A Luis XV se le atribuye la frase: “Después de mí, el diluvio”. Algunos la interpretan como nacida de la soberbia de un monarca que se creía imprescindible.

En su vida y gestión no hay nada excepcional. Francia acumuló en su reinado las desgracias que conducirían a la revolución. La frase parece más bien el testamento verbal de un monarca fracasado que intuía la debacle absoluta.

La gran ironía fue que el llamado Bienamado en sus primeros años fue enterrado en secreto para evitar las burlas.

Los pueblos son inconstantes. No existe popularidad eterna. La decepción es combustible del cambio.

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Metrónomo

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